Vicuñas: el gran tesoro de las alturas de Arequipa recupera su fuerza
La recuperación de la vicuña en las alturas del Perú tiene en Arequipa uno de sus principales escenarios. El más reciente V Censo Nacional de Vicuñas confirma que esta especie emblemática de los Andes atraviesa un momento favorable: su población en las áreas naturales protegidas del país creció 41,2 % en apenas un año, al pasar de 28 mil 856 ejemplares en 2024 a 40 mil 738 en 2025.
El dato adquiere especial relevancia para Arequipa porque la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca concentra 36 mil 219 vicuñas, equivalentes al 88,9 % de todos los ejemplares contabilizados dentro de las áreas naturales protegidas del país. Es decir, casi nueve de cada diez vicuñas registradas en estos espacios de conservación se encuentran en este territorio altoandino compartido por Arequipa y parte de Moquegua.
La cifra no solo representa un éxito para la conservación de una especie que durante décadas estuvo amenazada por la caza furtiva y la pérdida de su hábitat. También revela la importancia de los ecosistemas altoandinos de Arequipa y del trabajo que realizan guardaparques, comunidades campesinas y especialistas para proteger una especie cuya fibra es considerada una de las más finas y valiosas del mundo.
SALINAS Y AGUADA BLANCA
La Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca es uno de los principales pulmones naturales de la región. Su paisaje, dominado por extensas pampas, bofedales, volcanes, lagunas y pastizales, constituye un hábitat fundamental para la vicuña y otras especies propias de las alturas.
La presencia de más de 36 mil vicuñas convierte a esta reserva en un espacio estratégico para la conservación de la fauna silvestre del Perú. Allí, estos camélidos recorren grandes extensiones en busca de pastos, enfrentando condiciones climáticas extremas, bajas temperaturas y períodos de escasez de agua.
En este escenario, conservar a la vicuña significa también proteger los ecosistemas de los que depende. La disponibilidad de agua y pastos resulta determinante para mantener poblaciones saludables, especialmente frente a los períodos de déficit hídrico que afectan cada vez con mayor frecuencia a las zonas altoandinas.
Por ello, el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP) viene impulsando acciones para mejorar las condiciones del hábitat. Entre ellas se encuentra la instalación de microrrepresas con geomembrana y la ampliación de 32 cochas destinadas a incrementar la disponibilidad de agua y favorecer la recuperación de los pastizales.
Estas intervenciones tienen un impacto que va más allá de la vicuña. El agua almacenada beneficia a todo el ecosistema y contribuye a sostener a otras especies y a las propias comunidades que desarrollan actividades productivas en las zonas de influencia de la reserva.
El paisaje de Salinas y Aguada Blanca resume buena parte de la riqueza natural de las alturas arequipeñas. Las vicuñas comparten este territorio con guanacos, tarucas, vizcachas y diversas especies de aves, en un ecosistema donde cada elemento cumple una función. Por eso, la recuperación de la vicuña también puede entenderse como un indicador de la importancia de mantener saludables los pastizales, bofedales y fuentes de agua.
VIGILANCIA COMIENZA EN EL CAMPO
El crecimiento de la población también plantea nuevos desafíos. Una mayor cantidad de animales exige fortalecer el monitoreo, prevenir enfermedades y garantizar que el aprovechamiento de la fibra se realice bajo criterios de sostenibilidad.
Uno de los principales riesgos sanitarios es la sarna, enfermedad que puede afectar seriamente a las vicuñas cuando no es detectada y atendida oportunamente. Durante 2025 se reportaron 92 ejemplares afectados en las áreas naturales protegidas, los cuales fueron atendidos mediante cercos sanitarios, tratamiento especializado, alimentación y seguimiento hasta su recuperación.
En esta tarea los guardaparques cumplen una función fundamental. Durante los tradicionales chaccus —actividades de captura y esquila controlada de vicuñas— pueden identificar animales con signos de enfermedad, separarlos y coordinar su atención.
El chaccu tiene además un significado que trasciende la actividad productiva. Se trata de una práctica en la que participan comunidades y autoridades para realizar la captura temporal de los animales, esquilarlos de manera controlada y devolverlos posteriormente a su hábitat. Bien ejecutado, permite aprovechar la fibra sin sacrificar a la vicuña y convierte la conservación en una actividad compatible con las necesidades económicas de las poblaciones altoandinas.
El trabajo sanitario se desarrolla además mediante la coordinación entre SERNANP, gobiernos regionales, el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) y el Servicio Nacional de Sanidad Agraria (SENASA). La articulación permite mejorar la capacidad de respuesta y aplicar protocolos de atención en campo.
Una de las herramientas utilizadas procede de investigaciones científicas desarrolladas en la Reserva Nacional Pampa Galeras Bárbara D’Achille, en Ayacucho, otro de los territorios emblemáticos para la recuperación de la vicuña en el Perú.
La vigilancia resulta particularmente importante porque una enfermedad puede propagarse rápidamente cuando existen concentraciones importantes de animales. La detección temprana, el aislamiento de ejemplares afectados y el seguimiento posterior constituyen, por ello, una primera línea de defensa para preservar los avances alcanzados.
CONSERVACIÓN Y DESARROLLO

Además, se verifica su estado de salud para detectar
posibles enfermedades y brindarle el tratamiento
correspondiente.
La recuperación de la vicuña tiene también una dimensión económica y social. La fibra de este camélido, conocida por su extraordinaria finura, representa una oportunidad de generación de ingresos para las comunidades altoandinas cuando su aprovechamiento se realiza de manera legal, organizada y sostenible.
En Arequipa, esta relación entre conservación y actividad comunal resulta especialmente importante. Las poblaciones de vicuñas comparten territorio con familias dedicadas a actividades tradicionales de las zonas altas, por lo que la protección de la especie debe ir acompañada de alternativas que permitan mejorar las condiciones de vida de la población.
El modelo de conservación busca precisamente que las comunidades sean parte activa de la protección. La vicuña deja así de ser solamente una especie que debe ser vigilada y se convierte en un recurso natural cuya permanencia puede contribuir al desarrollo de quienes viven en su hábitat.
La experiencia demuestra que la presencia del Estado, la vigilancia permanente y la participación de las comunidades pueden producir resultados concretos. El crecimiento registrado en el último censo es una señal alentadora, pero también un compromiso para evitar que enfermedades, caza furtiva, degradación de pastizales o escasez de agua reviertan los avances alcanzados.
La historia de la vicuña en el Perú demuestra que la conservación no ha sido un proceso sencillo. Durante décadas, la especie fue perseguida por el valor de su fibra y su población llegó a niveles críticos. La protección de sus territorios, la creación de áreas naturales protegidas y la participación de las comunidades permitieron revertir progresivamente esa situación.
Hoy, el reto es diferente: no se trata únicamente de evitar la desaparición, sino de garantizar que las poblaciones puedan mantenerse saludables y que el aprovechamiento de sus recursos no vuelva a ponerlas en riesgo.
PATRIMONIO DE LAS ALTURAS
Para Arequipa, donde la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca alberga la mayor concentración de vicuñas dentro de las áreas naturales protegidas del país, la conservación de este camélido representa además una responsabilidad regional.
La vicuña forma parte del paisaje y de la identidad natural de las provincias y distritos ubicados en las zonas altoandinas. Su presencia acompaña al viajero en las extensas pampas y permite observar, en estado silvestre, una especie que constituye uno de los símbolos más reconocibles de la fauna peruana.
Pero también representa una oportunidad para promover una relación distinta entre conservación y turismo. Los paisajes donde habita pueden convertirse en espacios para la educación ambiental y el turismo de naturaleza, siempre bajo condiciones que eviten alterar los ecosistemas y perturbar a los animales.
En medio de un paisaje marcado por volcanes, pampas y nevados, la vicuña forma parte de la identidad natural de las alturas arequipeñas. Su recuperación confirma que la protección de la biodiversidad puede convivir con el desarrollo rural y que el patrimonio natural puede convertirse en una oportunidad para las futuras generaciones.
El desafío ahora es consolidar lo conseguido. Más agua para los pastizales, vigilancia sanitaria, control de la caza furtiva, manejo responsable de la fibra y participación de las comunidades serán claves para que las nuevas generaciones continúen encontrando en las alturas de Arequipa el silencioso andar de miles de vicuñas.
También será necesario mantener una mirada permanente sobre el cambio de las condiciones ambientales. La disponibilidad de agua, la calidad de los pastizales y la conservación de los bofedales están estrechamente relacionadas con la supervivencia de la fauna altoandina. Cuidar a la vicuña implica, por tanto, cuidar el territorio que la sostiene.
El crecimiento poblacional registrado en el último censo ofrece una oportunidad para reforzar esa tarea. Una población mayor significa también una mayor responsabilidad para las instituciones y comunidades encargadas de su protección
La cifra de 36 mil 219 ejemplares no es solamente un registro estadístico. Es también la evidencia de que una especie que estuvo al borde de la desaparición puede recuperar sus territorios cuando conservación, ciencia y comunidad avanzan en una misma dirección.

Detrás de cada vicuña que corre por las pampas de Salinas y Aguada Blanca existe un ecosistema que debe mantenerse vivo y una historia de protección que todavía no termina.
El crecimiento de 41,2 % registrado en las áreas naturales protegidas demuestra que las medidas de conservación pueden dar resultados. Pero las cifras también recuerdan que ningún logro está garantizado para siempre.
En las alturas de Arequipa, donde el frío, el viento y la inmensidad del paisaje acompañan el paso de estos animales, la vicuña continúa representando mucho más que una especie protegida. Es parte del patrimonio natural de la región y un símbolo de la capacidad del país para recuperar aquello que alguna vez estuvo en peligro.
La tarea de las próximas décadas será conseguir que esa recuperación sea sostenible. Que haya agua en las cochas y bofedales, pastizales en condiciones adecuadas, vigilancia frente a las enfermedades y comunidades comprometidas con su conservación.
Así, el silencioso andar de las vicuñas podrá continuar formando parte del paisaje arequipeño. Y las nuevas generaciones podrán mirar hacia las pampas y reconocer allí no solo una riqueza natural, sino también el resultado de una historia en la que proteger la naturaleza significó proteger una parte esencial de la identidad de Arequipa.
