Virtudes cardinales del docente en el proceso evaluativo
Por: Mgtr. Sandra Gómez Rodríguez
de Salinas

El docente es el responsable de realizar la evaluación en la dinámica de enseñanza-aprendizaje, por lo que sus características humanas y profesionales resultan determinantes en el proceso evaluativo. Según Santos Guerra, “educamos como somos”; por lo tanto, es relevante nuestra formación humana en esta tarea tan compleja y fascinante de ser educadores. Pero ¿cuál debería ser el perfil humano de los profesores en el proceso evaluativo? ¿Deben ser virtuosos?¿Qué virtudes deberían poseer?

Un hombre es virtuoso, decía Piepper, «cuando realiza el bien obedeciendo a sus inclinaciones más íntimas». Por consiguiente, no solo debemos realizar actos buenos, sino dar lo mejor de nosotros con una actitud firme. Los profesores, entonces, debemos ser virtuosos; exigirnos con todas nuestras «fuerzas sensibles y espirituales hacia el bien común», motivando e influenciando positivamente a nuestros estudiantes.

Los docentes somos la autoridad en el aula. Su raíz griega “augere” significa aumentar, promover, hacer progresar. Los profesores tenemos la capacidad de contribuir al crecimiento de nuestros estudiantes pero, si no somos virtuosos, podemos ejercer un poder mal entendido en el aula, como el efecto Pigmalión: cuando etiquetamos a nuestros estudiantes, fijándonos en sus carencias y no en sus cualidades personales. Con esa actitud, estamos vaticinando un futuro mediocre para ellos, mientras que, si hacemos todo lo contrario, les generaremos una expectativa tan grande que podría alterar su manera de aprender y desarrollarse. Santos Guerra decía que «los estudiantes aprenden por la motivación en el aprendizaje».

El Catecismo de la Iglesia Católica distingue cuatro virtudes que denomina cardinales, porque todas las demás se agrupan en torno a ellas. Estas son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Considerarlas dentro del perfil humano de todo docente es vital.

La prudencia «dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo». Para obrar con prudencia en las aulas, debemos conocer y entender la realidad de cada uno de nuestros estudiantes: su origen, su familia y sus características biográficas.

Por otro lado, «la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido [. . .]» es la justicia. El profesor, en el aula, debe ser justo en el proceso de evaluación, no limitarse a aspectos técnicos que sitúen al sistema evaluativo por encima de la persona y que le impidan ver con objetividad el real contexto de los alumnos.

La fortaleza «… asegura en las dificultades, la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien». Nos encontramos en un sistema en el que la valoración de la competitividad es extrema y el individualismo es exacerbado. Hay que «dignificar la profesión». Se trata de hacer prevalecer nuestra vocación, dado que constantemente somos evaluados por los sistemas de educación y existe el temor de no rendir de acuerdo con los estándares del sistema.

La cuarta virtud cardinal es la templanza. Es la que «modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados». Actuar con templanza significa que el profesor se enfoque sobre sí y sobre su voluntad, a fin de fomentar en los estudiantes las ganas de estudiar en un marco de asertividad y empatía.

El perfil humano de los profesores se potencia con estas 4 virtudes cardinales de la Iglesia Católica. Con ellas, el binomio docente-estudiante mejora y trasciende. Como decía Santos Guerra: «dime cómo evalúas y te diré qué tipo de docente eres». Anhelemos ser docentes virtuosos, cultivemos las virtudes cardinales para ser coherentes en nuestros procesos de evaluación.

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