EL REENCUENTRO CON UNO MISMO

Hay cosas que hacemos todos los días sin pensar en ellas. Caminamos sin mirar nuestros pies, levantamos un brazo sin observarlo, cerramos los ojos y sabemos dónde están nuestras manos. Podemos subir una escalera, sentarnos o mantenernos de pie sin pensar en cada músculo que interviene. Nuestro cuerpo simplemente sabe cómo hacerlo.
Ese “saber” tiene un nombre: propiocepción. Es la capacidad que tiene nuestro organismo para reconocer la posición y el movimiento de nuestro propio cuerpo. Gracias a ella podemos mantener el equilibrio, calcular nuestra fuerza y movernos por el mundo sin tener que dirigir conscientemente cada movimiento. Y el cuerpo lo hace en silencio, sin pedirnos instrucciones.
Pero la propiocepción nos revela algo más interesante: nuestro cuerpo está permanentemente comunicándose con el sistema nervioso. Los músculos, tendones y articulaciones producen información que llega al cerebro, mientras el tacto, la presión y el movimiento también aportan datos sobre lo que estamos sintiendo.
Veamos un ejemplo sencillo. Después de varias horas frente a una computadora, uno se levanta y siente el cuerpo diferente. Estira los brazos, mueve los hombros, cambia de postura. Nadie nos ha explicado qué hacer. Sin embargo, nuestro cuerpo parece decirnos: “Ya basta de estar sentado así”. Y entonces nos reacomodamos casi sin pensarlo.
Eso también es comunicación corporal. Entonces podemos entender que un masaje también estimula el sistema nervioso. El tacto, la presión y los movimientos generan estímulos que se reciben e interpretan. Cuando esos estímulos son suaves, rítmicos y agradables, pueden favorecer una sensación de calma y relajación.
No siempre necesitamos buscar a alguien para recibir un masaje. A veces podemos hacerlo nosotros mismos. Un automasaje sencillo en las manos, los brazos, los pies, el rostro o los hombros puede convertirse en un momento de atención hacia nuestro propio cuerpo.
También puede hacerlo una persona cercana, un familiar o una amistad. Un contacto respetuoso, atento y agradable puede ser una manera sencilla de acompañarnos y de prestar atención a cómo estamos.
Y, por supuesto, cuando buscamos mayor conocimiento de las técnicas, una experiencia más dirigida y un propósito específico de relajación, podemos recurrir a un profesional capacitado en masaje y técnicas de relajación.
No todo tiene que convertirse en una dependencia. Vivimos en una época en la que estamos pendientes del teléfono, del trabajo, de las noticias y de todo aquello que parece urgente. A veces el cuerpo está cansado, pero nosotros seguimos exigiéndole funcionar como si nada ocurriera.
Entonces, un momento de contacto, atención y tranquilidad puede permitirnos volver a percibir ese cuerpo que durante el día dejamos casi olvidado.
Quizá ahí esté lo más interesante de la relación entre el masaje y la propiocepción: nos recuerda que no solamente tenemos un cuerpo; vivimos dentro de él.
Por eso, un masaje no consistirá simplemente en tocar los músculos. Es también una oportunidad para volver a sentirnos, escucharnos y reconocernos.
Quizá eso sea, finalmente, un buen masaje: una pausa para volver a uno mismo.
