El otro escudo del Perú

Por Úrsula Angulo


SIN AMBAGES

Una vez más, estoy corriendo por el Centro Histórico de la ciudad. (Cuando mis artículos empiezan así, es porque algo está por suceder).  A esa hora, no hay mucha gente y las calles no están muy congestionadas, así que no es difícil correr algunos kilómetros. Y parece que a esa hora y con las calles poco transitadas tampoco es difícil dejar basura por ahí; se me ocurre que piensan que o nadie los ve o a nadie le importa. Les cuento qué pasó.

Estaba corriendo precisamente por uno de los portales de la Plaza de Armas y veo a un señor que está desprendiendo la cáscara de una mandarina. Concluí que ese era su desayuno y pensaba que el señor había hecho una buena elección para empezar el día. Yo, que iba en dirección contraria, pude ver que este ciudadano dejaba las cáscaras —que ya se habían convertido en basura— en una repisa de uno de los puestos de periódicos que aún no había abierto. Me detuve, y —como en un artículo anterior— sin dejar de saltar sobre el sitio para no alterar el ritmo cardiaco, le dije muy cuidadosamente al ilustre residente que el puesto de periódicos no era un basurero.

Muy inocentemente, pensé yo que el noble coterráneo, muy en contra de su voluntad, no tendría otra opción que recoger sus cascaritas y llevárselas, pero no. Me dijo que no había basureros cerca y que dónde iba a botarlas. Así que le respondí: “En su bolsillo, las deja en su bolsillo hasta que encuentre un basurero”. Mientras le decía esta obviedad a manera de recomendación, me di cuenta de que tenía bordado en su chaleco el logo de una entidad pública; rápidamente le pregunté si era un trabajador del Estado y más rápido aun me respondió que no. Entonces, si este señor no pertenecía a esa entidad pública y llevaba en su pecho el logotipo de esa institución estatal, era más aficionado de la función pública que yo del FBC Melgar. Sí era, por supuesto que sí era un trabajador público, y quizá se le ocurrió que yo tenía mucho tiempo libre y no tendría dudas en ir a buscar a su jefe para comentarle el incidente de las cáscaras abandonadas. No, ese no era mi interés, solo quería que recoja su basura y que la dejara en un basurero, eso era todo; el compatriota en mención no encontró una salida y tuvo que recoger las cáscaras, pero algo me dice que estas cascaritas solo llegaron hasta el puesto de periódicos en la otra esquina de los portales.

Seguí corriendo y pensaba, sin ninguna duda: este señor era de los que hacen esos comentarios de todos los días. “Fulano solo roba”, “el alcalde tal no hace nada”, “los congresistas no sé qué”, y luego dejan basura en las calles. Estafas, corrupción y más desastres. Todo ese conjunto se transforma para algunos en una especie de escudo, de justificación para permitirse pequeñas infracciones: botan basura, estacionan donde no deben, malogran los espacios públicos. Porque los demás hacen cosas peores y eso se ha convertido en el otro escudo del Perú, que parece protegerlos.

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