RESPONSABILIDAD HISTÓRICA QUE ALCANZA A TODOS
La responsabilidad histórica, finalmente, no corresponde únicamente a quien ocupa palacio de gobierno. también alcanza al congreso, a la oposición, a las instituciones, a los medios y a cada ciudadano. el país cambiará cuando cada uno entienda que nadie sobra y que cumplir el propio deber también es una forma de construir patria.
Las primeras semanas de un gobierno no bastan para emitir un juicio definitivo. Menos aún cuando se trata de una administración que llega después de un periodo político marcado por la confrontación, la incertidumbre y una ciudadanía cansada de promesas incumplidas. La advertencia de la historiadora Cecilia Bákula resulta pertinente: a la presidenta Keiko Fujimori hay que darle tiempo, pero también hay que recordar que sobre ella pesa una responsabilidad histórica. No se trata únicamente de haber llegado a la Presidencia después de varios intentos. Se trata de demostrar que el poder puede ejercerse con sentido de Estado, respeto institucional y capacidad para responder a las necesidades de millones de peruanos. La responsabilidad de la presidenta, como señala Bákula, no es distinta en esencia de la que corresponde a cualquier ciudadano: cumplir con el deber que le ha sido confiado.
Ese principio debería alcanzar también a la oposición. En una democracia, fiscalizar no significa bloquear ni convertir cada decisión gubernamental en motivo de confrontación. La crítica es necesaria, pero debe estar acompañada de propuestas, argumentos y patriotismo. El país necesita una oposición firme, pero también responsable
Hay otro aspecto de las declaraciones de Bákula que merece especial atención: la relación del Perú con su propia historia. No necesitamos reescribirla para sentirnos orgullosos. Una nación madura no selecciona únicamente los episodios que le convienen ni borra aquellos que resultan incómodos. Reconoce sus luces y sus sombras, aprende de ellas y las incorpora a una memoria común.
En ese contexto, el Lugar de la Memoria debe cumplir una función esencial. No puede convertirse en un escenario para profundizar divisiones. El terrorismo fue una realidad que causó dolor, muerte y destrucción, y ese capítulo debe ser conocido por las nuevas generaciones. Pero recordar no debería significar perpetuar el enfrentamiento.
Un espacio de memoria tiene sentido cuando permite escuchar a las distintas víctimas, incorporar diversas voces y promover una reflexión que ayude a comprender lo ocurrido. La memoria no puede ser propiedad de un sector político ni convertirse en instrumento de una determinada ideología.
La idea de peruanidad planteada por Bákula adquiere entonces especial relevancia. Sentirse peruano no debería reducirse a una celebración ocasional ni a un discurso patriótico. Significa reconocernos como parte de una sociedad diversa, respetar nuestras raíces y asumir que cada ciudadano tiene algo que aportar a la construcción del país.
Quizá allí se encuentre una de las tareas más urgentes de estos tiempos: dejar de mirarnos como una sociedad condenada al fracaso. El Perú tiene problemas enormes, pero también una historia, una diversidad cultural y una capacidad creadora extraordinarias.
