MIENTRAS MIRAMOS PARA OTRO LADO
lucano
Por Ricardo Lucano.

Hay cosas que uno recuerda de los años noventa y otras que el tiempo se ha encargado de borrar. Quizá los jóvenes ya no sepan qué fueron de aquellas vírgenes que lloraban, los talk shows, los diarios chicha o las historias de ouijas y posesiones que reunían a multitudes frente al televisor. Tenemos una memoria corta. Lo que ayer parecía importante, mañana puede desaparecer.

Lo de aquellos años no importa aquí discutir si fue milagro, engaño o explicación técnica. Lo cierto es que ocurrió como fenómeno público y mediático, y que nosotros estuvimos allí mirando. No son leyenda urbana: es una escena de nuestra memoria mediática reciente.

En la casa se comentaba; al día siguiente, en el trabajo, el colegio, el mercado, el micro o la esquina, todos teníamos algo que decir. Nos indignábamos, nos reíamos, discutíamos. Sentíamos que participábamos de lo que ocurría en el país. Y mientras tanto, otras decisiones, menos entretenidas pero mucho más importantes, seguían su curso.

No creo que detrás hubiera necesariamente una conspiración. A veces basta algo mucho más sencillo: cuando todos miramos hacia un mismo lugar, dejamos de mirar hacia otro.

Han pasado los años ahora tenemos lives.

Allí aparecen políticos mostrando su mascota, el desayuno, la ropa del día, una lágrima, una recomendación culinaria o hasta cómo preparan una limpieza de cutis. No hay nada malo en mostrarse humanos. El problema comienza cuando la persona termina ocupando el lugar de la autoridad.

Podemos saber muchísimo del personaje y muy poco del gobernante. Sabemos qué siente, qué come, cómo sonríe y qué ocurrió en su último live, pero dejamos de preguntar lo esencial: ¿qué está haciendo?, ¿qué está decidiendo?, ¿qué está cumpliendo?, ¿qué resultados está dando?

Y esto no ocurre solamente con quienes gobiernan. También nos han ido acostumbrando a una política convertida en espectáculo. La burla, la cachita, la correa ancha, el chisme, la infidelidad a Curwen como personaje ridiculizado nos entretienen más que una discusión seria. Ya no importa tanto quién tiene razón, sino quién ganó, quién se picó o quién dejó callado al otro.

El argumento pierde importancia y gana protagonismo el personaje. Y aquí viene la parte incómoda, porque también nos compromete.

Nadie tiene que obligarnos a mirar. Compartimos los videos, comentamos, nos reímos, lo reenviamos. Y por unos minutos sentimos que estamos dentro de algo: de la conversación, del grupo, del momento histórico.

Quizá esa sea la transformación más profunda. Antes podían decirnos: “mira para allá”. Hoy nadie necesita decírnoslo. Nosotros mismos escogemos dónde mirar.

No se trata de vivir amargados ni de renunciar a la diversión. El problema aparece cuando el espectáculo ocupa todo el espacio y pensar empieza a parecernos aburrido.

Por eso, quizá valga la pena preguntarnos, a nosotros mismos: ¿Qué estamos dejando de mirar mientras estamos entretenidos?

Y una pregunta todavía más incómoda: ¿Nos estamos acostumbrando a dejar de pensar?

Porque el problema ya no está solamente en quien te distrae.

También está en nosotros, cuando necesitamos dejarnos distraer para sentir que seguimos formando parte de algo.

Dejanos un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.