Un café con Celál Bey

Vignart Edson Cabrera (In memorian)

Abro “El libro negro” y empiezo a leer la historia de Celâl Bey, un extraño columnista turco quien describe de una manera sórdida los parajes urbanos de Estambul (El Bósforo, Nişantaşi, La tienda de Aladino, La comisaría de Teşvikiye, Beyoğlu, El cine Konak, Taksim, Las mezquitas). A través de sus artículos publicados en el diario Milliyet, descubro una prosa exquisita que me permite andar por calles, mercados, plazas del lejano y exótico Oriente.

Son las dos de la madrugada, el invierno posa sus pies en suelo arequipeño, hace mucho frío en mi pequeña habitación de la avenida Las Torres. Bebo café por tercera vez y escribo esta columna inspirado en los escritos de Celâl. ¿Quién es este extravagante periodista?, ¿un simple ser humano de carne y hueso? ¿un loco intelectual? ¿un escritor bohemio? ¿un viajero del tiempo? ¿un personaje de ficción de una novela de Orhan Pamuk? No sabría decirlo con exactitud.

Quien podría darnos alcances de la personalidad de Celâl Salik Bey, es su primo/cuñado Galip Bey, joven abogado casado con Rüya Bey (hermanastra de Celâl). Galip es un ferviente admirador y fiel lector de las historias que su primo relata en sus redacciones periodísticas. Una de ellas trata sobre el excéntrico poeta místico Mevlâna, sospechoso de la muerte del derviche errante Şemsi Tebrizi, todo esto debido a un amor desbordado e incomprensible.

Hay una crónica que refiere a la fabricación de maniquíes, llevado a cabo por el maestro Bedii. La razón de este relato es ser uno mismo, aceptando los defectos y complejos de la dimensión del cuerpo y del alma. ¿Por qué los turcos dejaron de ser ellos mismos al imitar las actitudes occidentales? Una incertidumbre que devela el desarraigo de lo esencial y permite la intromisión de fuerzas ajenas. El subterráneo de los desdichados de la historia, compuesto de habitaciones sombrías, alberga a maniquíes de contextura casi real: marineros, corsarios otomanos, campesinos sentados con las piernas cruzadas, famosos artistas, pacientes ciudadanos cubiertos de polvo y barro. La humedad del túnel que exhala aromas de otro tiempo provenientes del Cuerno de Oro custodiado por los bizantinos que temen el ataque de Atila. Oscuro trayecto del pasado reflejado en el semblante rígido de los hombres de fibra sintética.

Galip enciende un cigarrillo, su amada Rüya ha desaparecido dejándole una carta de breves palabras. Las novelas policíacas que ella leyó la noche anterior, están dispersadas por los muebles. No hubo motivo alguno para tal determinación, el matrimonio sin hijos marchaba sereno, sin conflictos, discusiones, infidelidades. ¿Qué origina en la mujer esa repentina decisión de dejarlo todo atrás?, ¿un nuevo amorío tal vez? ¿un hastío de la rutina matrimonial? o ¿simplemente entregarse a la pasión desconocida de la vida? Lo único cierto es que Galip se entrega de lleno al dolor, sufre, llora, siente por primera vez eso a lo que todo ser humano denomina sin saber cómo definirlo, impotencia. Ese vacío que deja nulo a cualquier hombre, revitaliza el destino de Galip lo cual le impulsa a descubrirse a sí mismo y paralelamente a tomar el papel de otro. Asume el rol de un detective, de un reportero, de un lector de miradas y rostros.

En el periódico nadie sabe dónde se ubica Celâl, hace un mes que no envía artículos nuevos. Unos periodistas ingleses quieren entrevistarlo porque se han enterado de su fama e influencia sobre sus miles de seguidores. Ninguno de sus admiradores da con su paradero. Las aguas del Bósforo aún permanecen inmutables, los Bandidos de Beyoğlu dejan hundir el Cadillac negro, las pinturas misteriosas del lujoso burdel regentado por el renombrado criminal de Estambul son borradas, el príncipe heredero le dicta a su secretario la siguiente frase: ‹‹Anoche soñé que mi madre me esperaba en un espeso y oscuro bosque en un lejano país››. El Deccal contempla desde el tercer piso del edificio de Şehrikalp como cae la nieve, sus ojos reflejan los círculos de fuego que anuncian las fatales consecuencias del incesto. Galip cae en la cuenta de que Rüya y Celâl están ocultos en un pérfido hotel de los barrios apartados.

El reloj indica las tres y treinta y tres de la madrugada de un sábado de junio. Los volcanes de Arequipa aguardan la señal del oráculo para desatar su furia. Leo El Pueblo buscando referencias de algún Celâl arequipeño. Las noticias negras me dejan absorto, paso a la sección de Arte y Cultura e interpreto la prosa descarriada de un desconocido columnista. El secreto de los párrafos que los tres veteranos redactores guardan celosamente, ‹‹Ten convicciones sinceras››.

La entrevista a los sabios del periodismo turco: El Justo, ‹‹Sal a la calle, mira las caras, ahí hay un buen tema para ti››; El Afortunado, ‹‹¡No olvides tampoco los viejos autobuses, ni los libros escritos a vuelapluma, a los pacientes y a los que no comprenden tanto como a los que comprenden››; El Hermoso, ‹‹No olvides que tu secreto es el amor. El amor es la palabra clave››. Estos consejos refuerzan la profesión latente y metodológica de Celâl.

Galip lee el Milliyet, algo trágico acaba de ocurrir. Dos cadáveres hallados en la sordidez vespertina, uno cubierto de periódicos junto a la vereda de lo insospechado; el otro, de simetrías curvilíneas tendido entre un estante de muñecas dentro de la tienda de Aladino. El sino corsario de los pasos ha cosechado en la negra noche, los lamentos anquilosados de la errante aurora. Sopla el viento doloroso e incandescente; el tráfico de la urbe resuena estentóreo. Una gris mirada de melancolía en los bordes de la parca. Las palabras andan sueltas como palomas infectadas de melodías agoreras. Galip cierra El libro negro y empieza a redactar al estilo de Celâl Bey, un artículo conmovedor dedicado a su musa, ‹‹[…] medio dormido, creo encontrar el rastro de Rüya sobre el edredón de cuadros azules. Porque nada puede ser tan sorprendente como la vida. Excepto la escritura. Excepto la escritura. Sí, por supuesto, excepto la escritura, el único consuelo››.

Así culmina una lectura acompañada de buen café, agradable música, necesario oxígeno. Las columnas periodísticas están destinadas a ser las nuevas puertas de la literatura, y por qué no, de la existencia.

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