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REFLEXIONES
Convertir la presión académica en aprendizaje saludable
Carlos Flores Galindo
Hablar de salud mental en la educación superior es hablar también del futuro productivo, la empatía y la resiliencia de nuestro país.
Un estudiante que atraviesa en soledad cuadros severos de ansiedad o depresión no solo ve afectado su rendimiento en las aulas; ve pausado su proyecto de vida y su bienestar personal. Por eso, atender la salud emocional en el ámbito académico no debería entenderse únicamente como una respuesta clínica reactiva, sino como una inversión prioritaria para construir una sociedad más humana.
La dimensión del problema es profunda. Investigaciones epidemiológicas del Instituto Nacional de Salud Mental (INSM) y del Ministerio de Salud revelan que cerca del 30% de los jóvenes entre 18 y 24 años en el Perú presentan síntomas severos de ansiedad o depresión.
A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que esta misma franja de edad concentra el mayor pico de trastornos emocionales no tratados.
Detrás de estas cifras hay aulas llenas de jóvenes que intentan responder a un entorno acelerado e hiperconectado, pero cuyo malestar suele desgastarse e invisibilizarse en silencio.
El verdadero desafío radica en reconocer que las exigencias del mundo actual rara vez consideran las particularidades, los tiempos o las cargas de cada persona.
Ante este escenario, la educación no puede ser un simple medidor de presión ni un transmisor de contenidos rígidos.
La academia, en especial quienes formamos a profesionales en salud mental, tiene el compromiso ético de redefinir sus dinámicas y demostrar que la búsqueda del rigor profesional no tiene por qué construirse a costa de la salud mental.
Desde nuestra experiencia, entendemos que este reto exige revisar constantemente cómo enseñamos y cómo acompañamos.
Esto implica transicionar hacia un modelo pedagógico donde el aprendizaje no se mida solo por el resultado final, sino por la capacidad de conectar la formación teórica con problemas reales del entorno sin descuidar el proceso humano.
Cuando las aulas se convierten en espacios de práctica guiada y diálogo abierto, la exigencia académica deja de ser una fuente de angustia paralizante y se transforma en un impulso de crecimiento profesional y personal.
Formar profesionales bajo esta mirada es una necesidad urgente. Fortalecer el bienestar emocional en los espacios educativos no resolverá por sí solo los grandes desafíos del país, pero sí abrirá caminos para que miles de jóvenes desarrollen su vocación en entornos de aprendizaje genuinamente saludables. Para lograrlo, las instituciones debemos asumir que la salud mental no es una meta lejana, sino una práctica cotidiana que empieza en la forma en que enseñamos y acompañamos.
