El viejo saurio
Por: Piero Carrillo Tinoco

He procurado siempre escoger libros especiales, atisbar en cada stand de la feria por un título que sobresale. La mayoría son hegemónicos o clásicos, aún peores son los de moda.

A pesar de mover con rapidez la mirada en búsqueda de una joya enterrada entre la plétora de libros, o usar apresurado las manos para retirar cada ejemplar, no encuentro aquello que podría llamar la atención.

Convendría mencionar que ya he leído todo tipo de literatura, pero, igual que un coleccionista de monedas, he decidido obtener la mayoría de libros de literatura peruana. En caso encuentro algo valioso decido comprar, a eso vine a la feria, con la esperanza atada al deseo.

Todo es lo mismo, los stands llenos, la gente planta al borde del muestrario, y unos caminan de aquí para allá. Se repiten los mismos títulos, las mismas portadas, Vargas Llosa es imprescindible en cada mesa, “La ciudad y los perros”, “Los cachorros”, o “Conversación en la Catedral” se imponen a la vista, como manchas de luz en la migraña más horrible.

Pero en un repositorio, atrapado entre libros generalmente inútiles está un título particular, “El viejo saurio se retira”. La portada, un salón de clases vacío, entre grises; el autor, Miguel Gutiérrez. Ya había escuchado ese nombre, pero como niño enamoradizo se me olvidó al tiempo.

No me llevo El viejo saurio; no estoy seguro, titubeo, tal vez si sigo buscando encuentre algo mejor, y si compro este me arrepiento del que no adquirí. Doy otra vuelta por todos los puestos, sin novedad, excepto los cuentos reunidos del escritor español Camilo José Cela. Estoy dispuesto a adquirirlo, pero ahora los papeles se invirtieron, sé que hallar un libro de Gutiérrez no es sencillo, empero Cela es un gran escritor. La decisión entra en conflicto. Disponer de uno y del otro no, me perturba. Decido arriesgarme e ir por lo desconocido “El viejo saurio se retira”.

Es un libro distinto, en especial el título. Leo un poco de la sinopsis trasera, una obra que trata de la revolución de unos estudiantes en un colegio religioso. Con aquello dicho, me viene a la mente el colegio Leoncio Prado de Vargas Llosa. Todo ello me lleva a pensar que hice una mala elección.

Traía una copia de “La ciudad y los perros” en mis manos. Ya había leído un par de obras de Mario Vargas Llosa, el premio Nobel. Ese título era inapelable, discutible tal vez; sin embargo todos llegamos a la conclusión, cada vez que surgía el tema entre amigos, que Vargas Llosa era un escritor increíble, sin comparación en su campo.

De modo que después de tomar la decisión de llevarme “El viejo saurio se retira”, una noche en mi escritorio empecé con las primeras páginas. A diferencia de “Cuatro dijo el Jaguar”, la pregunta “Hasta cuándo durará el infierno” me atrapó, como una araña a una pequeña mosca que le revolotea. Desde la primera parte no le quite la vista a cada palabra, a cada frase, los párrafos se fundían con la imaginación. Vargas Llosa era eficaz, pero en Gutiérrez las páginas siguientes, partes uno y tres (el tema del adolescente con la muerte), eran implacables.

Resultó que Miguel Gutiérrez, lo sé por una entrevista que vi, había leído “Crimen y castigo”, de modo se había obsesionado con el autor ruso. Ahora yo era el encandilado.

Claro, tenía a Vargas Llosa y toda su literatura, su técnica, su monstruoso dominó del tema, no obstante no era el único, ahora lo supe. Gutiérrez se ha convertido en eso que podríamos denominar una obsesión literaria para mí.

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