“Kay”: estar, tener, haber, ser
Por: Nilo Alfaro
Fui el primer hijo de mi madre, el mayor de los nietos de mi abuelita, y siempre me había sentido con una gran responsabilidad sobre mi rol en la universidad.
Recuerdo que uno de los primeros cursos me hizo desesperar, al punto que me quedé llorando frente a una pantalla por no saber cómo proceder. Era una tarea de una exigencia que nunca había avizorado, me sentía muy mal; sin embargo, después de una gran odisea, lo había logrado. Yo solo, lo había conseguido.
Así que también en ese espacio de caos aprendía muchísimas cosas nuevas sobre el espacio, las relaciones sociales, las normas, las formas de hablar, las maneras correctas de usar el lenguaje. Sí, porque recuerdo que en una de esas primeras clases, mi profesora me había dicho que no debería decir “en ahí” o “en aquí”; yo nunca entendí eso, imagino que lo dije muchísimas veces, que ella siempre me corregía.
Incluso recuerdo cómo una de esas veces me sentí orgulloso por darme cuenta de que usaba esa expresión de forma incorrecta. Me sentía contento cómo aprendía a comunicarme y a usar la lengua de forma pertinente. Me formaba como un agente de la educación, así que yo más que todo debería de aprender a usar la lengua, el español. Y no solo era mi profesora, sino que también mi compañera; me sentía bien y le agradecía cuando me escuchaba usar mal el español.
Y así fueron pasando meses, era más consciente de mi lengua. Tanto así que podía notar cómo no solo era yo, sino que eran muchos, mis compañeros, quienes usábamos mal el idioma. Yo les decía, o les decíamos, nos corregíamos. Algunas veces nos escuchaban; otras veces, era más fuerte esa necesidad de decir las cosas como siempre, que seguían confundiéndose.
Los años pasaron, y cuando ya era docente de prácticas, de las diversas situaciones en las que acompañaba a los estudiantes, recuerdo con mucho ahínco cómo resolvía ese error que cometían ellos, ese error que yo, gracias a la universidad, había corregido. Y claro, posiblemente habría sido así si no hubiera tenido la osadía de estudiar Literatura y Lingüística.
Creo que este nuevo espacio me permitió descubrir la naturaleza de mi propia lengua. Aprender el quechua, investigar, y de pronto recordar. Sí, uno de esos años, ya en mi otra carrera, descubrí algo curioso. Yo andaba investigando sobre la cosmovisión andina, temas que me empezaron a llamar la atención, quería tocar ese tema, me llamaba. Iba buscando información sobre cómo era el contacto entre el quechua y el español, y descubrí algo curioso: usualmente a este contacto se lo nombraba interferencia, y eso me generaba un poco de dudas, porque de hecho que era una mirada muy privativa.
Además, en ese proceso de investigación me había dado cuenta de algo sobre el uso del “en ahí”. Después de mucho leer y recordar, me había dado cuenta sobre la naturaleza del verbo “Kay” en quechua, y sobre todo del sufijo -pi, que indicaba lugar; en suma, en muchas de las construcciones quechua se usaba el kaypi. ¿Y cuál era la traducción más acertada? “En aquí”. Frente a ese descubrimiento, recordé mi historia, había comprendido todo.
Por muchísimos años yo había usado esa misma construcción desde el español, y esto lo había aprendido de mi madre, quechuahablante, y era una marca de herencia, de historia, de memoria. Sin embargo, yo lo había mutilado por el deseo de pertenecer, y no solo eso, sino que en muchas de mis actividades lo había normalizado. La norma, nunca la había cuestionado.
Ese evento fue muy fuerte para mí: negar mi propia historia, negarse la memoria. Por muchísimos siglos convivimos con discursos que repetimos por pertenecer, por ser. Recuerdo haberme sentido aquella tarde frente a la computadora un tanto derrotado, triste, pero a la vez también me sentía muy animoso, por saberlo, y estaba decidido a hacer algo, a reconquistar mi agencia y mi historia en mi propia lengua, en mis palabras, en mi memoria; porque esa es mi tarea, no dejar que la voz de mi madre, de mi abuela, de mis ancestros muera, y creo que desde pequeños actos como ese, el reivindicar el “en aquí”, lo logro.
Es mi grano de arena en este inmenso mar.
(Escuela de Literatura, UNSA)
