6-OPI1
EL GRITO PARECE AUTORIDAD
Por Ricardo Lucano.
En el barrio todos conocemos a alguien que cree que por tener la voz más fuerte le equivale a tener la razón. En una discusión golpea la mesa, interrumpe al otro y termina convencido de que ha ganado. A veces hasta consigue aplausos. Pero ¿ha resuelto el problema o solamente ha conseguido que los demás se callen? Llevemos esa escena a la política y tendremos una parte de lo que ocurre cuando el espectáculo reemplaza a la responsabilidad.
«Al guerrazo», decimos por estos lares cuando algo se hace a la fuerza, improvisando, sin mucho cuidado y como salga. La expresión tiene su gracia en la conversación cotidiana, pero deja de ser graciosa cuando se convierte en una manera de ejercer el poder. El escándalo consigue atención, el dinero compra visibilidad y las redes sociales multiplican el ruido. Sin embargo, ninguna de esas cosas garantiza inteligencia, preparación ni capacidad para gobernar.
Aquí viene una pregunta interesante: ¿por qué algunas personas admiran al prepotente, celebran la humillación ajena o confunden la riqueza con superioridad? El sociólogo Pierre Bourdieu nos ayuda a pensarlo mediante el concepto de hábitus: aquellas maneras de sentir, pensar y actuar que vamos incorporando a lo largo de la vida, en la familia, la escuela, el trabajo y la sociedad. Aprendemos, muchas veces sin darnos cuenta, qué comportamientos parecen normales y cuáles merecen reconocimiento.
Pensemos en un trabajador que durante años soporta las humillaciones de un jefe. Un día consigue un pequeño cargo y comienza a tratar de la misma manera a quienes dependen de él. No nació necesariamente para ser abusivo; quizá aprendió que mandar significa hacer sentir miedo. Ese aprendizaje no determina su destino, pero puede repetirse si nadie lo cuestiona. Así también, una sociedad puede acostumbrarse a celebrar al que humilla y desconfiar de quien propone dialogar.
El problema se agrava cuando la política convierte esa disposición en negocio: se ofrecen enemigos fáciles de identificar, castigos espectaculares y discursos que alimentan el resentimiento. Mientras discutimos quién gritó más fuerte, quedan pendientes la inseguridad, el empleo, la educación y los servicios públicos. El algoritmo puede premiar la indignación, pero no sabe administrar un país.
Los resultados de PISA 2022 mostraron que aproximadamente la mitad de los estudiantes peruanos de quince años no alcanzaba el nivel básico de lectura. Y, según el INEI, la pobreza monetaria afectó al 25,7 % de la población en 2025. No son cifras para mirar por encima del hombro a nadie. Son razones para preguntarnos qué oportunidades estamos ofreciendo para que todos podamos comprender, decidir y participar mejor.
La gente de a pie no necesita que la sermoneen ni que la conviertan en culpable de los problemas del país. Necesita educación de calidad, condiciones dignas y autoridades que respeten su inteligencia. Tampoco hacen falta títulos para reconocer una injusticia ni millones para comportarse con decencia.
Quizá la tarea más difícil sea revisar lo que hemos aprendido a admirar. Porque uno no necesita gritar para convencer, ser millonario para ser persona, ni humillar a otro para sentirse importante.Gobernar no es hacer las cosas al guerrazo. Es comprender que el poder no nos hace mejores que los demás: nos hace responsables de ellos.
