LA FUERZA DEL AYUNO
Por: Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa

Continuamos nuestro itinerario hacia la Pascua guiados por el mensaje del Papa León XIV para esta Cuaresma, que empezamos a presentar la semana pasada. Como dijimos entonces, el primer paso al que nos invita el Papa para emprender el camino cuaresmal es «dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro». De ahí que, la semana pasada, los invité a estar especialmente atentos a la Palabra de Dios cuando se proclama en la Misa, pero también a procurar tomar algunos minutos durante la jornada para leer algo de la Biblia, como tantas veces nos pidió nuestro recordado Papa Francisco.

Hecho eso, vamos ahora al segundo paso que el Papa León nos invita a dar para prepararnos de modo adecuado a fin de poder experimentar en nosotros la potencia de la Pascua que se avecina: el ayuno que, como dice el Papa en su mensaje, «es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de conversión» porque «nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien». Es una realidad fácilmente constatable que cada día brotan en nosotros diversos deseos e impulsos, no todos los cuales están necesariamente ordenados a la voluntad de Dios. Por eso, si no queremos vivir tropezando, es fundamental saber discernir cuáles deseos o impulsos son buenos y cuáles no aunque se nos presenten con apariencia de bien. Y es fundamental también tener la suficiente capacidad para rechazar los malos y acoger los buenos, aunque ello implique cierto sufrimiento, porque si damos cabida a los apetitos desordenados, estos se multiplican y terminamos esclavos de ellos que, al final, nos dejan vacíos.

De ahí la importancia del ayuno, que nos ayuda a disciplinarnos y que, como dice el Papa en su citado mensaje, es «signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal». Ahora bien, para que el ayuno sea eficaz en nosotros y no nos lleve a juzgar a los que no ayunan, debe hacerse siempre con humildad y acompañado de otras formas de privación. Entre ellas, León XIV nos invita a que en esta Cuaresma nos abstengamos de usar palabras que puedan afectar o lastimar a otras personas. Nos dice: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas».

Continuemos, pues, nuestro camino hacia la Pascua, poniendo por obra lo que nos dice el Papa en su mensaje para esta Cuaresma: escuchando la Palabra de Dios, haciendo ayuno y abstinencia; porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios» (Benedicto XVI, Catequesis, 9.III.2011). Y como dijo san Pablo VI, «sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana» (Catequesis, 8.II.1978).

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