DEBATES NO LOGRAN ORIENTAR A ELECTORES
Por: Carlos Meneses
Tres fechas de debate presidencial han pasado y, lejos de aportar claridad al electorado, han dejado un saldo preocupante: más dudas que propuestas. El ciclo organizado por el Jurado Nacional de Elecciones, que debía convertirse en un ejercicio democrático de primer nivel, terminó evidenciando las debilidades de buena parte de la clase política que hoy aspira a dirigir el país.
La expectativa ciudadana era alta, y con razón. En medio de una crisis institucional persistente, el avance de la inseguridad y una economía que no logra recuperar dinamismo, los debates representaban una oportunidad clave para conocer no solo qué proponen los candidatos, sino cómo planean hacerlo. Sin embargo, lo que predominó fue un intercambio de frases efectistas, acusaciones cruzadas y promesas sin sustento.
A lo largo de las tres jornadas, incluyendo la realizada en el Centro de Convenciones de Lima, se repitió un patrón preocupante: discursos generales, escasa profundidad técnica y una notoria incapacidad para explicar medidas concretas frente a problemas estructurales. Temas como la delincuencia, la corrupción o la reactivación económica fueron abordados de manera superficial, apelando más a la emoción que al análisis.
Uno de los aspectos más cuestionables fue la vaguedad de las propuestas. Se habló, por ejemplo, de endurecer penas, recurrir a las Fuerzas Armadas o replantear compromisos internacionales, pero sin explicar los mecanismos, los costos ni las implicancias de tales decisiones. En un contexto donde el país exige respuestas responsables, este tipo de planteamientos resulta insuficiente y, en algunos casos, irresponsable.
El tono confrontacional tampoco ayudó. Lejos de elevar el nivel del debate, varios candidatos optaron por centrar sus intervenciones en ataques personales o en desacreditar a sus rivales. Este recurso, aunque mediáticamente atractivo, empobrece la discusión pública y refuerza la polarización, un problema que el Perú arrastra desde hace años.
Más preocupante aún es que no hubo evolución entre una jornada y otra. Los candidatos no corrigieron errores ni profundizaron sus planteamientos con el paso de los días. Por el contrario, se mantuvo una línea discursiva débil, repetitiva y, en muchos casos, desconectada de la realidad que viven millones de peruanos.
El resultado es claro: los debates no lograron cumplir su función principal, que es orientar al elector. A pocas semanas de los comicios, la ciudadanía enfrenta un panorama difuso, donde resulta difícil diferenciar propuestas sólidas de simples promesas.
No existen cifras oficiales consolidadas sobre cuántos peruanos siguieron los tres debates en su conjunto, aunque la audiencia fue amplia, aunque dispersa, debido a la diversidad de plataformas de transmisión. Sin embargo, el impacto real parece haber sido limitado. Las jornadas no marcaron un antes y un después en la percepción ciudadana.
El país necesita una política a la altura de sus desafíos. Lo ocurrido debe servir como una llamada de atención: no solo para replantear el formato de los debates, sino también para exigir mayor preparación, seriedad y responsabilidad a quienes buscan gobernar el Perú. Porque, al final, no se trata solo de debatir, sino de demostrar que se está listo para liderar.
