Última llamada
Por Úrsula Angulo

Recurren a lo gracioso, al apodo con la intención de parecer amigos de toda la vida, a la idea repetida desde hace un par de décadas, a la frase que parece que tiene sentido pero no significa nada y, por supuesto, al disparate. Nada nuevo. Porque cada vez que hay elecciones vemos lo mismo: el candidato con rostro de íntegro inquebrantable que sonríe al cielo —expresión fotográfica que siempre me ha causado curiosidad, me pregunto quién habrá tenido la idea—. Y así vemos una cantidad tan extensa de candidatos que la cédula de votación podría parecer uno de esos mapas que antes había que desplegar para encontrar el camino y que luego nadie podía doblar otra vez. Pareciera mucho amor por el país, y quizá lo es, pero no tenemos cómo medirlo; más bien, sabemos que bien podría ser un interés personal el que de pronto alienta a muchos a querer trabajar por el país [léase con una ceja levantada a manera de «sí, claro, ajá, lo dudo»]. Lo hemos visto tantas veces…Todo esto ya lo sabemos y bastante bien, lamentablemente. Muchos casos de los que toman la palabra en sus escaños para luego ser material de memes muy creativos o casos también de quienes no tienen cómo explicar gastos absurdos o arreglos bajo la mesa. Muchos que no han abierto un diccionario en sus vidas y quieren aparentar ser sofisticados diciendo palabras que no sabrían cómo deletrear. Pero no hay mal que por bien no venga ni mal que dure cien años; es decir, ya esto lo conocemos de memoria —aunque a veces esta nos ha fallado en los momentos más delicados—, entonces, ya va siendo hora de que (por fin) votemos con mucha responsabilidad. Esa responsabilidad incluye, por supuesto, no votar por el que ya sabemos que no haría nada, pero también incluye no votar por el amigo o el conocido que «podría ayudarme con una “chambita”» si sabemos que muy claramente pertenece al grupo de los que no van a hacer nada. Porque de estos últimos casos hay y por eso es electo cualquier hijo de vecino, literalmente. Nuestra experiencia en desastres congresales y presidenciales es muy vasta (y en desastres municipales también), tanta experiencia como para sustentar una tesis de posdoctorado en estas cuestiones electorales; nuestra pericia es tal que no podemos caer nuevamente en lo de siempre, ya es tiempo de empezar a ver una gran mayoría íntegra —porque integridad total sería la perfección que no existe—. Si buscamos con cuidado, podemos encontrar a aquellos cuyo interés es el bienestar de todos y no el suyo propio. Esta ha sido una última llamada a la sensatez.

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