EL COMPAÑERO DESCONOCIDO

Alba – Arzobispo de
Arequipa
Entre los sucesos de los días siguientes a la muerte de Jesús, el evangelista Marcos relata lo ocurrido a dos discípulos que, tristes y defraudados, volvían de Jerusalén a su pueblo, Emaús (Mc 24,13-35). Atraídos por las palabras y las obras de Jesús, ellos habían puesto toda su esperanza en Él. Habían creído que era el Mesías prometido por Dios y esperado que liberara a Israel del yugo del Imperio Romano. Al final, sin embargo, lo habían visto muerto en la cruz y sepultado. Sus esperanzas y su alegría, entonces, habían quedado también enterradas y selladas con la piedra del sepulcro.
Así, emprenden el camino de retorno a su aldea, para retomar seguramente las actividades que hacían antes de haber seguido a Jesús. De pronto, un desconocido se les acercó, se puso a caminar con ellos y les preguntó por qué estaban tristes y de qué discutían. Ellos, extrañados de que no supiera lo sucedido, se lo explicaron: ¡el tal Jesús de Nazaret había fracasado! Mientras continuaban el viaje, el incógnito caminante se dedicó a recordarles que, desde antiguo, los profetas habían anunciado que el Mesías debía padecer y morir de modo injusto para entrar así en su gloria. Al escucharlo, su ánimo comenzó a mejorar. Así, llegaron a su pueblo e invitaron a su desconocido acompañante a quedarse con ellos, porque comenzaba a atardecer y era peligroso andar de noche por caminos poco transitados. Aceptada la invitación, Marcos dice que: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció de su vista». ¡Era Jesús! ¡El que habían visto muerto y sepultado, ha resucitado! Y, pese a ser tarde, emprendieron de inmediato el regreso a Jerusalén para decírselo a los apóstoles y demás discípulos.
Este episodio tiene mucho que ver con nosotros. Muchas personas dejan la Iglesia porque se sienten defraudadas por Dios, especialmente cuando las cosas no van como ellas quisieran o como se lo piden. Se debe a que los hombres tenemos la tendencia de hacernos nuestra idea de Dios y queremos que Dios responda a nuestras ideas y haga nuestra voluntad, lo que nosotros creemos que debe hacer, por lo general librarnos del sufrimiento y solucionar nuestros problemas. Como hace unos años dijo el Papa Benedicto XVI: «Nuestro concepto del Dios redentor sería un Dios un poco como el emperador Augusto, que ejerce su poder sobre el mundo…¡Pero este no es el modo de actuar de Dios!…el poder divino no es el de este mundo, sino que es amor que se entrega» (Homilía, capilla privada del Monasterio Mater Ecclesiae, 4.V.2014).
El episodio de los discípulos de Emaús nos enseña la importancia de escuchar a Jesús. Siempre, pero especialmente cuando nos sentimos tristes y defraudados. La Palabra de Dios despierta la esperanza, porque nos hace presente que no estamos solos. Y, junto con escuchar la Palabra, participar en la Eucaristía, en la que el Señor resucitado se nos entrega gratuitamente y se hace uno con nosotros. Si así lo hacemos, experimentaremos que, como les sucedió a los dos de Emaús, la compañía de Jesús transforma el corazón y la vida.
