Vulnerable ante el avance del sarampión
Por: Carlos Meneses
El riesgo del sarampión no debe minimizarse ni convertirse en un problema secundario dentro de la agenda pública. Esperar a que los contagios aumenten para recién actuar sería repetir los mismos errores que el país ya pagó demasiado caro.
Mientras el país concentra buena parte de su atención en la inseguridad, la crisis política y la incertidumbre económica, una amenaza silenciosa vuelve a tocar las puertas del Perú: el sarampión. Lo preocupante no es únicamente la aparición de nuevos casos en el sur del país, sino la evidencia de que seguimos sin estar preparados para afrontar un brote de una enfermedad altamente contagiosa que el sistema de salud creía controlada hace años.
Las alertas sanitarias emitidas en las últimas semanas exponen una realidad incómoda. La cobertura de vacunación infantil continúa siendo insuficiente en varias regiones y miles de menores no completaron sus esquemas de inmunización tras la pandemia. A ello se suma un problema aún más grave: adolescentes y adultos jóvenes tampoco cuentan con protección adecuada, convirtiéndose en potenciales focos de transmisión.
El caso detectado recientemente en un estudiante universitario en Arequipa encendió las alarmas porque demuestra que el virus ya no se limita a niños pequeños ni a zonas rurales aisladas. Hoy el riesgo se desplaza en transporte público, universidades, mercados y espacios masivos donde una sola persona infectada puede contagiar a decenas en cuestión de horas.
El problema es que el país enfrenta esta amenaza con enormes debilidades estructurales. Los hospitales públicos siguen saturados, muchos establecimientos carecen de personal suficiente y la capacidad de respuesta epidemiológica continúa limitada. Basta observar las dificultades que existen incluso para atender campañas regulares de vacunación o controlar enfermedades respiratorias comunes para entender que un brote de sarampión podría rápidamente desbordar al sistema sanitario.
A ello se suma un enemigo igual de peligroso: la desinformación. Durante los últimos años crecieron los discursos antivacunas y la desconfianza hacia las campañas de inmunización. En muchas familias la vacunación dejó de verse como una prioridad, mientras el Estado perdió capacidad para llegar de manera efectiva a sectores vulnerables y zonas alejadas.
El sarampión no es una gripe cualquiera. Se trata de una enfermedad extremadamente contagiosa que puede provocar neumonía, encefalitis y hasta la muerte, especialmente en menores de edad. Su velocidad de propagación exige respuestas rápidas, vigilancia epidemiológica permanente y campañas agresivas de vacunación. Ninguno de esos elementos parece estar plenamente garantizado hoy en el Perú.
La experiencia reciente debería haber dejado lecciones claras. La pandemia expuso las enormes carencias del sistema de salud y la falta de coordinación entre autoridades nacionales y regionales. Sin embargo, poco cambió en términos estructurales. Seguimos reaccionando cuando los casos aparecen y no antes.
