Debate entre ataques y pocas respuestas

Por Carlos Meneses

El gran ausente de la noche fue el ciudadano. Ese peruano cansado de promesas recicladas, de polarización permanente y de políticos que hablan más del rival que del país. La segunda vuelta no debería reducirse a escoger quién grita más fuerte o quién infunde más miedo. El Perú merece una discusión política de mayor altura, menos espectáculo y más responsabilidad.

El debate presidencial organizado por el Jurado Nacional de Elecciones dejó una sensación conocida y preocupante: el Perú sigue atrapado en una política donde el golpe verbal pesa más que la propuesta sólida. A una semana de la segunda vuelta, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se enfrentaron no solo con ideas, sino también con acusaciones, frases calculadas y “puyazos” dirigidos a desacreditar al adversario antes que convencer al ciudadano.

El país esperaba claridad en medio de la incertidumbre económica, la inseguridad y la desconfianza institucional. Sin embargo, gran parte del debate terminó convertido en un intercambio de culpas sobre quién representa el mayor peligro para la democracia. Fujimori insistió en instalar el miedo al “caos”, mientras Sánchez buscó posicionar la idea de una supuesta “dictadura congresal” manejada por el fujimorismo. Dos discursos basados más en el temor que en la esperanza.

Keiko Fujimori apeló a una estrategia conocida: presentarse como garantía de orden y estabilidad. Habló de inseguridad, de extorsiones y del alto costo de vida, problemas reales que golpean diariamente a millones de familias. Pero detrás de esa narrativa quedó pendiente una autocrítica que nunca llega. Fuerza Popular arrastra una pesada mochila política vinculada al obstruccionismo parlamentario, la confrontación permanente y la crisis institucional que el país ha vivido en los últimos años. Pretender aparecer ahora como la única defensora de la estabilidad genera inevitables cuestionamientos.

Por su parte, Roberto Sánchez intentó conectar con la población desde un discurso popular y de cercanía social. Recordó sus orígenes humildes y acusó al fujimorismo de “secuestrar” la democracia y corroer el sistema de justicia. El problema es que el candidato de Juntos por el Perú tampoco logró despejar las dudas sobre la viabilidad de sus propuestas ni sobre la capacidad real de su agrupación para gobernar un país fracturado y económicamente golpeado. Su mensaje tuvo más carga ideológica y emocional que precisión técnica.

En varios momentos, el debate pareció un concurso de descalificaciones. “Orden o caos”, dijo Fujimori. “Dictadura congresal”, respondió Sánchez. El ciudadano de a pie, mientras tanto, sigue esperando respuestas concretas sobre empleo, salud, educación y seguridad. El Perú necesita menos frases de campaña y más compromisos verificables.

La confrontación política es parte natural de la democracia, pero cuando el ataque reemplaza al contenido, el debate pierde profundidad y el elector termina más confundido que convencido. Ambos candidatos buscaron ganar titulares y marcar golpes políticos rápidos, aunque pocas veces descendieron al detalle de cómo financiarán o ejecutarán sus propuestas.

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