Pequeños momentos
Christian Capuñay R.
REFLEXIONES
Una mañana cualquiera, muy temprano. L. debe comenzar su rutina para partir a la escuelita. Asearse, vestirse, desayunar. Tareas cotidianas y sencillas para los adultos, pero que, en el caso de una infante, demandan acompañamiento y ayuda. No siempre es fácil. No siempre hay sonrisas. De vez en cuando aparecen las rabietas, los ¡No quiero! rotundos cuando se le recuerda que debe apurarse para no llegar tarde. Llantos, caos, tensión, discusiones entre adultos. Luego el consuelo, recuperar la calma, partir y llegar al nido lista para comenzar una nueva jornada de juegos, aventuras y aprendizajes.
Los pequeños momentos son todo. Sorprenderme cuando usa una palabra nueva que no sé en dónde la aprendió; responder a sus preguntas inocentes, pero no menos importantes; tomar pequeñas siestas con ella sintiendo la cadencia de su respiración; ver juntos sus caricaturas favoritas; leerle o inventar cuentos; enseñarle juegos que yo practicaba cuando era niño; escuchar su voz y su risa. Son instantes sencillos que, sin proponérselo, terminan ocupando un lugar permanente en la memoria.
Pero no todo es felicidad. La paternidad tiene un lado difícil y complejo del que no suele hablarse demasiado. La tensión, el cansancio casi orgánico que generan las responsabilidades, los desafíos económicos, las diferencias de opinión entre los padres, las discusiones y, lamentablemente, en algunos casos, las separaciones. Son realidades que forman parte de la experiencia de muchas familias y que ponen a prueba la capacidad de cuidar, acompañar y seguir adelante.
Sin embargo, sea el escenario un jardín lleno de flores o una pesadilla, estar presentes de forma saludable es probablemente lo mejor que podemos hacer para impulsar y fortalecer el desarrollo de nuestros hijos. Como me decía un amigo, los niños puede que no recuerden una mañana específica, pero sí conservan la certeza de quién estuvo allí cuando lo necesitaron. La verdadera huella de un padre y de una madre se construye en cientos de momentos ordinarios que, en conjunto, terminan conformando el registro y la historia de una infancia.
El corazón y la mente de un niño reciben y atesoran mucho más de lo que solemos imaginar. Las palabras, los gestos, las ausencias y las presencias van dejando huellas que terminan formando parte de la persona que llegará a ser.
Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas de la paternidad: comprender que la vida no está hecha únicamente de grandes acontecimientos, sino también de instantes aparentemente insignificantes que, con el paso de los años, terminan revelándose como los más valiosos. A menudo dedicamos demasiado tiempo a perseguir metas futuras y muy poco a reconocer la importancia de aquello que sucede frente a nosotros, en la intimidad de la vida cotidiana.
Estoy seguro de que, en el instante postrero de mi vida, mi mente no evocará reuniones, preocupaciones ni logros materiales. Me gusta pensar que me traerá como última imagen aquellos momentos sencillos junto a L., jugando y riendo en el parque a la vuelta de su casa. Y si así fuera, sabré que lo verdaderamente importante estuvo allí desde el principio.
