MIRAR MÁS ALLÁ DE LAS BANDERAS
Por Ricardo Lucano

Actualmente pienso algo que probablemente debería haber aprendido mucho antes: uno puede pasar gran parte de su vida convencido de que conoce el mundo sin haber salido nunca de los mapas mentales que otros dibujaron por nosotros.

Durante años creí conocer muchos países sin haber puesto un pie en ellos. Egipto, Rusia, China, Venezuela o Cuba aparecían constantemente en conversaciones, noticias y debates políticos. Estados Unidos, Turquía o Corea surgían como ejemplos de éxito, fracaso, amenaza o esperanza. Cada nombre llegaba acompañado de una interpretación ya preparada.

Lo curioso es que yo estaba convencido de entender correctamente esos lugares. Sin embargo, con el tiempo llegaron las películas, las series y las novelas. A través de ellas dejé de mirar países y empecé a mirar personas. Detrás de las banderas aparecieron cocinas, escuelas, barrios, conversaciones familiares, trabajadores regresando a casa y ancianos contando historias. Descubrí, en suma, a los habitantes reales de aquellos lugares, todo más complejo que cualquier relato político sobre ellos.

Fue entonces cuando apareció una incomodidad inesperada. No descubrí una verdad definitiva sobre aquellos países. Descubrí algo más importante: que muchas de las imágenes que tenía sobre ellos también eran relatos. Historias repetidas tantas veces que terminaron pareciendo hechos indiscutibles. Detrás de las etiquetas comenzaron a surgir personas concretas, con preocupaciones, afectos y contradicciones que no encajaban en los estereotipos que había aprendido.

Desde entonces me acompaña una pregunta: ¿por qué nos cuesta tanto revisar nuestras propias certezas? Tal vez porque los prejuicios ofrecen comodidad. Simplifican una realidad compleja y nos permiten sentir que comprendemos aquello que, en verdad, apenas conocemos. Transforman experiencias diversas en categorías fáciles de recordar y defender. El problema es que esa simplificación suele tener un costo: dejamos de ver a las personas para quedarnos únicamente con las etiquetas.

Cuando un país queda reducido a una definición política, desaparecen las vidas concretas que lo habitan. Sus alegrías, sus conflictos, sus esperanzas y sus miedos quedan ocultos detrás de conceptos abstractos que sirven para discutir, pero no necesariamente para comprender.

Por eso he llegado a pensar que comprender no significa reemplazar una idea por otra, sino aceptar que ninguna explicación alcanza por sí sola para describir la complejidad humana. Toda mirada tiene límites, incluso aquellas que consideramos más razonables o mejor fundamentadas.

En esta reflexión me acompañan tres pensadores que leí con atención. Frantz Fanon me ayudó a entender cómo ciertos discursos pueden deshumanizar pueblos enteros. Michel Foucault me enseñó a desconfiar de las categorías que heredamos sin examinarlas. Y Enrique Dussel insistió en la importancia de escuchar al otro antes de hablar en su nombre. Desde perspectivas distintas, los tres coinciden en una advertencia fundamental: no debemos confundir nuestras representaciones con las personas reales.

Ahora comprendo que muchos de los países que creía conocer, eran en gran medida construcciones elaboradas por otros. También entiendo que mis nuevas percepciones seguirán siendo parciales y estarán siempre sujetas a revisión.

Quizás la verdadera apertura consista precisamente en eso: reconocer los límites de nuestra mirada. Porque detrás de cada bandera, de cada discurso y de cada frontera simbólica, existen seres humanos cuya complejidad siempre desborda las palabras con las que intentamos definirlos.

La comprensión comienza cuando dejamos de creer que una etiqueta basta para explicar una vida. Sólo entonces empezamos a mirar más allá de las banderas.

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