Constitucionalismo y patrimonio

Por Carlos Hakansson

 El devenir de la historia, la doctrina surgida de los clásicos políticos y la calidad de la jurisprudencia difundida por la cultura occidental fueron núcleo de inspiración de los debates constituyentes en la región. A pesar de que estos modelos no siempre se implementan con el propósito de frenar el poder, sino como pretexto populista para el progresivo copamiento a las instituciones y deseo de perpetuidad.

Pese a la reflexión anterior, el mapamundi constitucional indica que existen comunidades políticas de “perfil bajo” que han logrado una destacada estabilidad y gobernabilidad en el tiempo. Un conjunto de episodios que marcaron un antes y después en su historia. Un ejemplo concreto es la República de Costa Rica. Una comunidad política que nos enseña que confiar en las instituciones democráticas y las constitucionales sembradas en países en desarrollo pueden echar raíces y fructificar en civismo. Una sólida madurez institucional que se manifiesta en un sistema de partidos, la fiscalización parlamentaria, la alternancia democrática y el modo para afrontar los desafíos colectivos. Todo lo anterior sobre la base de una Constitución de mediados del siglo XX, que selló un pacto de las garantías sociales que cobija la continuidad democrática de uno de los países más estables de Iberoamérica.

El constitucionalismo como movimiento para la difusión de las libertades y gobiernos surgidos desde la democracia, no solo es patrimonio de las comunidades políticas más referenciadas por la historia y la doctrina en materia de libertades y control al poder, también se manifiesta en países que apostaron por una educación en valores democráticos y un Estado de Derecho; ambos factores obran como los pilares de la institucionalidad de su clase política y, con ella, la firmeza de una seguridad jurídica para cumplir con sus compromisos internos e internacionales. Por eso, el respeto a las reglas del juego y la cultura de la legalidad sostiene una Constitución en el día a día. Los frutos del constitucionalismo brotan en una tierra abonada en valores democráticos y educación cívica, no de su riqueza o tamaño.

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