6-EDITORIAL
Diálogo, transición y
responsabilidad democrática
Los procesos de transición gubernamental suelen ser momentos decisivos para la estabilidad de un país. No solo marcan el cierre de una etapa política, sino también el inicio de otra que, idealmente, debería construirse sobre bases de diálogo, consenso y responsabilidad institucional. En ese contexto, las recientes reuniones entre la virtual presidenta Keiko Fujimori y diversas organizaciones políticas y sociales adquieren un significado que va más allá de la formalidad: representan un primer intento de tender puentes en un escenario nacional marcado por la fragmentación.
Uno de los encuentros más relevantes fue con dirigentes del Partido Aprista Peruano (APRA), quienes expresaron su disposición a colaborar en la consolidación de la gobernabilidad y el fortalecimiento de la democracia. Las declaraciones de Mauricio Mulder, al resaltar la necesidad de mantener un diálogo permanente entre fuerzas políticas, apuntan a una verdad elemental pero frecuentemente olvidada en la política peruana: sin acuerdos básicos, la gobernabilidad se debilita y la conflictividad se profundiza.
En la misma línea, el expresidente del Consejo de Ministros, Jorge del Castillo, subrayó la urgencia de iniciar una transición ordenada. Más allá de las diferencias ideológicas, su planteamiento refleja una preocupación compartida por distintos sectores: la necesidad de que el traspaso de poder no se convierta en un espacio de incertidumbre, sino en una oportunidad para fortalecer las instituciones del Estado.
Durante estas conversaciones se abordaron temas cruciales para el próximo quinquenio: seguridad ciudadana, recuperación económica, educación, salud, agricultura y el combate a la minería ilegal y otras economías criminales. Son problemas estructurales que no distinguen colores políticos y que exigen políticas de Estado sostenidas en el tiempo, no respuestas coyunturales.
También se destacó la preocupación por un eventual Fenómeno El Niño, cuya recurrencia obliga a repensar la capacidad del Estado para prevenir desastres y proteger a la población más vulnerable. La gestión del riesgo ya no puede ser reactiva; debe convertirse en una prioridad permanente de planificación.
Asimismo, el acercamiento con el magisterio, a través del Sindicato Unitario de Trabajadores en la Educación del Perú, abre una ventana de expectativa en un sector históricamente postergado. La educación pública sigue siendo uno de los pilares más frágiles del Estado, y su fortalecimiento requiere no solo promesas, sino decisiones concretas y sostenidas.
Sin embargo, más allá de los anuncios y reuniones iniciales, el verdadero desafío radica en convertir el diálogo en resultados. La política peruana ha estado marcada durante años por la polarización y la desconfianza, lo que ha debilitado la capacidad del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.
La transición que se inicia no debe ser vista únicamente como un procedimiento administrativo, sino como una oportunidad para reconstruir la relación entre el poder político y la ciudadanía. El país no necesita solo un cambio de gobierno, sino un cambio en la forma de hacer política.
RESALTAR
Si estos primeros gestos logran consolidarse en acuerdos reales, el Perú podría comenzar a transitar hacia una etapa de mayor estabilidad. Pero si el diálogo se queda en lo declarativo, el riesgo de repetir ciclos de confrontación seguirá latente.
