LA REELECCIÓN POR LA PUERTA TRASERA
Por Carlos Meneses
Los alcaldes deben entenderlo: la municipalidad no les pertenece. Gobernar es una responsabilidad temporal, no un derecho adquirido. Y quien no está dispuesto a dejar el poder cuando corresponde, difícilmente puede convencer a los ciudadanos de que busca servirlos y no servirse del cargo.
La advertencia del presidente del Jurado Nacional de Elecciones, Roberto Burneo, llega en el momento preciso: los electores deben mirar la lista completa de candidatos y no quedarse únicamente con el nombre que aparece encabezando la fórmula. En realidad, deberían mirar mucho más: quiénes están detrás, qué intereses representan y, sobre todo, qué autoridades pretenden seguir gobernando aunque la ley les impida postular directamente a la reelección.
Lo que ocurre con varios alcaldes resulta, cuando menos, preocupante. Cinco burgomaestres de Arequipa han quedado como primeros regidores después de que los candidatos a alcalde de sus respectivas listas renunciaran. No se trata de un detalle menor ni de una simple casualidad electoral. El efecto es evidente: autoridades que no pueden buscar nuevamente la alcaldía encuentran en la primera regiduría una puerta para permanecer en el poder.
La legislación puede permitir estas candidaturas. Pero que algo sea formalmente posible no significa que sea políticamente saludable ni que deba ser aceptado sin cuestionamientos. La prohibición de la reelección inmediata buscó precisamente evitar que quienes ejercen el poder municipal utilicen las ventajas del cargo para perpetuarse. Si ahora se descubre una fórmula para rodear esa restricción, estamos ante una señal de alarma que no puede ser ignorada.
Resulta particularmente cuestionable que un alcalde pretenda continuar al frente de una municipalidad desde una posición distinta, esperando que una renuncia posterior o un mecanismo de sucesión le permita recuperar el sillón municipal. Eso no es renovación. Es aferrarse al poder.
Y aquí aparece la responsabilidad de los partidos y movimientos políticos, pero también la de los ciudadanos. No basta con votar por un candidato a alcalde. Hay que revisar a todos los integrantes de la lista, porque cualquiera de ellos podría terminar gobernando. El elector no puede ser convertido en espectador de una maniobra diseñada entre dirigentes y candidatos.
La política municipal necesita renovación, alternancia y autoridades que entiendan que el poder tiene fecha de vencimiento. Los cargos públicos no son patrimonio personal ni propiedad de una organización política. Mucho menos deben convertirse en espacios desde los cuales se diseñen mecanismos para permanecer indefinidamente.
Los electores tienen ahora una herramienta fundamental: el voto. Si consideran que estas prácticas representan una burla al espíritu de la norma, pueden rechazarlas en las urnas. No corresponde esperar que una reforma legal resuelva todo. La ciudadanía también puede poner límites.
