¿EL AGUA RECUERDA SU CAUCE?
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Por Ricardo Lucano

Hay elementos del paisaje arequipeño que de tan cotidianos se vuelven previsibles: el Misti, el río Chili, o las pampas que fueron campiña y hoy lucen cubiertas de cemento. En medio de esa trama persisten las quebradas y torrenteras, zanjas que durante años parecen haber dejado de existir, pero que en realidad solo aguardan su momento.

Cada cierto tiempo el paisaje despierta. Y cuando el fenómeno de El Niño entra en escena, la incertidumbre es la única certeza: en el sur es caprichoso, tan capaz de ahogarnos en lluvias como de castigarnos con una sequía atroz. Vivimos sometidos a esa ruleta. Sin embargo, cuando le da por llover, la ciudadanía redescubre una verdad que el territorio nunca olvidó: que el agua tiene memoria.

Ese cauce histórico lo hemos tapado, estrechado o asfaltado encima; nos olvidamos de él solo porque llevaba décadas seco. Pero cuando cae el aguacero, el agua no pide permiso ni consulta planos: por pura gravedad recupera sus viejos caminos. Es entonces cuando reaparecen las «sorpresas» de siempre: torrenteras activadas, avenidas vueltas ríos, lodo, piedras y desastre. Ante la emergencia sobreviene la indignación reiterada, pero olvidamos la pregunta de fondo: ¿qué había allí antes de que pusiéramos el primer ladrillo?

Es innegable que Arequipa ha crecido y necesitaba hacerlo; una urbe dinámica demanda espacio para viviendas, colegios y mercados. El problema radica en que ese crecimiento se dio a espaldas de la geografía y de la historia. Las pampas agrícolas son el mejor ejemplo: extensiones que hoy la especulación ve como «lotes disponibles» eran antes un ecosistema trabajado con precisión artesanal por gente que conocía la escasez hídrica y aprendió a llevar el agua suavemente. Hoy ya no dan papa ni maíz: sucumben al concreto. Y a las quebradas las redujimos a huecos para rellenar, pasando por alto que el camino de una torrentera no está muerto por estar seco; solo duerme.

El gran error —la falla estructural de nuestra expansión— ha sido interpretar la tierra únicamente como terreno a usufructuar. Arequipa es síntesis de desierto y agua, de piedra y campiña, de volcán y valle. La memoria de la ciudad está cincelada sobre sillar, y la crisis empieza cuando se nos olvida leerla.

La recurrencia de El Niño nos exige reconsiderar nuestra relación con el suelo sin caer en discursos alarmistas, pues no sabemos si esta temporada traerá el impacto de los huaicos o la severidad del sol con represas vacías. Lo que sí podemos hacer es mirar los antecedentes con mayor lucidez. Los antiguos pobladores —los calas y los loncos— sabían observar: identificaban la ruta de la lloclla, los suelos aptos para edificar y las áreas para sembrar. Hoy tenemos toda la tecnología del mundo, pero perdiendo esa maña tan humana de mirar el territorio, le preguntamos a una ciencia extraña IA que no calza con lo de acá.

Mientras el ciudadano y campesino contemplan el cielo a la espera de lo que depare esta temporada, la pregunta sigue en el aire: ¿el agua recuerda su cauce… o somos nosotros los que nos olvidamos de respetar sus viejos caminos?

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