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sábado, junio 25, 2022
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Ribeyro

Por: Rubén Quiroz Ávila – Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía.

Julio Ramón Ribeyro debe ser nuestro cronista perfecto. Pocos como él han descrito y aludido en su universo narrativo las incansables vicisitudes del ser peruano. Sabemos que es difícil intentar comprender las razones de nuestra compleja peruanidad. Pero el flaco Ribeyro es de los que más se ha acercado, con inevitable ironía y crudeza, a bosquejarnos, a punta de bisturí narrativo, como un país abundante en promesas y fracasos. Ha desnudado nuestras profundas contradicciones y nuestros sueños más banales. Dosis inclementes de realidad no sin antes trazar guiños y mordacidades implacables.

También su vida es una forma inexorable de peruanidad, como bien lo manifiesta el libro de su biógrafo oficial Jorge Coaguila, recientemente publicado por Revuelta Editores (2022). A caballo entre su formación emocional en Santa Beatriz y Miraflores, heredero de una antigua familia dedicada a la vida intelectual, al parecer, no tenía escapatoria para dedicarse al ejercicio insaciable de la escritura. Los que deciden por el camino de escribir como forma de vida, ya no pueden abandonarlo, por más que otros oficios sean indispensables para la propia sobrevivencia diaria. Escribir no da de comer, es una verdad absoluta. En el Perú casi nadie vive de escribir y, si lo hicieran, el nivel alcanzado es de antropológica supervivencia.

Se entiende que se hace esa carrera de escritor sin renunciar a los principios de una vida honesta consigo misma. Es un axioma de toda biografía consagrada al hermoso vicio de escribir. Claro, hay algunos escritores que rompen sus creencias al ritmo de la cuenta de ahorros. Y, con la fe del converso, se transforman en furiosos adalides de las ideas de sus financistas. Los escritores no están exentos de ser parte del engranaje del mercado más industrial y de rumbos ideológicos alquilados.

Entonces, hay que trabajar de todo: portero, traductor, periodista, como Julio Ramón, y a la vez fumar como un condenado, incluso, a sabiendas del peligro inminente. Escogió París para establecerse. Ese París de la posguerra europea en la que se reconstruía a sí misma y volvía, existencialista, a repensar su futuro. Varios latinoamericanos recalaron allí, persiguiendo un sueño que tal vez solo existía en sus cabezas. Llegaron tarde, acaso. Ya América Latina no era el centro del debate para los franceses, sino sus colonias se rebelaban encarando su tradición colonizadora. Los latinoamericanos fueron, así, los marginales de los marginales. Doble margen desde el cual hablar. Y un regreso para relatar sus historias de otra manera, sin realismo mágico, sin malabarismo fantástico.

Por ello, la radiografía ribeyriana sobre el Perú permanece actual, porque poco ha cambiado desde que sus incisivos cuentos delataron que somos gallinazos sin plumas, pero que también somos como la higuerilla y, muchas veces, únicamente dibujamos unas rayas rojas en una pizarra negra.

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