Un relato sobre la violencia política y la persistencia de un pueblo

EL EXPEDIENTE DE LOS VENCIDOS

En Soras, Ayacucho, un campanario no llamaba a misa sino a la esperanza.

Por: Orlando Mazeyra Guillén

—Eres la primera mujer que toca la campana de esta plaza —le dijo don Celestino a Nancy, mientras ella explotaba de emoción, pues aquel viaje había culminado de la forma más inesperada. La intención inicial era conocer la realidad del Perú, los vestigios del terrorismo. “Desde Lima son casi dieciséis horas en microbús”, te contó.

—¿Qué fue lo que más te impactó?

—Sentía que descendía a un profundo abismo. Y no exagero: eran muchas curvas e íbamos bajando como a los infiernos de Dante… Los buses que llegan al distrito de Soras, en Ayacucho, son de pésima calidad: allí te das cuenta de todo lo que tiene que pasar la gente para salir y entrar a Soras. No es una zona comercial, no puedes ampliar el horizonte económico, ni nada por el estilo. Es lo que les ha tocado en suerte… si es que acaso alguna vez la suerte les sonrió.

—¿Cuál es la primera imagen que recuerdas?

—Cuando llegamos había mucho silencio en la plaza. Los pobladores empezaron a salir de sus casas. Al comienzo parecía un pueblo fantasma.

Nancy te explica que Soras fue un bastión antiterrorista que jamás se dejó doblegar. En 1983, para dar una primera y aleccionadora muestra de su insania, los terroristas sometieron a un juicio popular a tres dirigentes comunales que fueron ejecutados de rodillas delante del pueblo. Sin embargo, “los soreños nunca se rindieron o amedrentaron. Le plantaron cara al terror con mucho coraje y organizando rondas campesinas. El terrorismo elige Soras para demostrar que ellos podían destruir a cualquiera que se les pusiera en el camino… Cuando atacaron el pueblo previamente habían matado a varios policías y les quitaron sus uniformes. Llegaron en un bus Cabanino, el expreso de la muerte que hizo varias paradas para realizar diversas masacres. La idea era dejarles algo en claro: así vas a morir si eres un soplón… y no vas a poder enterrar a tus muertos. Y, en efecto, muchos de los cuerpos se los llevaron a Lima y otros se perdieron. Entonces apenas pudieron enterrar la ropa de esa gente: una camisa, un pantalón, un par de calcetines o unos zapatos viejos”.

            —¿Y cómo llegaste a conseguir el Expediente de los Vencidos?

—Yo siempre quise conocer Ayacucho. Soras es un pueblo con un eco especial y es particularmente triste, tal vez es el lugar más triste que haya visto. Hay mucha naturaleza, es cierto, y un cielo hermoso; pero la gente está habituada a vivir embargada por la tristeza. Allí sentí ese frío de la sierra que se cuela por las calaminas. No hay gatos. No hay perros. No hay nada. A veces creo que sólo vi almas en pena… Solamente impera el silencio. Es un frío horroroso que cala los huesos. Hasta las escasas luces eran tristes, mortecinas y extrañas. En la plaza había cuatro postes de luz, pero apenas dos estaban alumbrando. En Soras el frío quiere atravesarte, romperte, sientes cómo ingresa por tus oídos. De noche todo se ve oscuro y por eso me pongo a pensar en lo terrible que habrá sido vivir allí durante el terrorismo.

            —¿Y de día la cosa cambia?

            —No —retruca ella—. El día también es triste. Resaltan los toritos que suelen adornar las entradas de algunas casas y un cielo celeste que está sin nubes. Al día siguiente de mi llegada, me levanté a las cuatro de la mañana para tomar fotos y estuve preguntando, documentándome… así llegué, casi de casualidad, a la casa de don Celestino.

Él tenía casi 80 años. Se trataba de un hombre olvidado por la historia: “Conocí su casita y había una montaña de botellas. Creo que las reciclaba. Y me invitó un mate de coca antes de empezar a contarme su historia: intentaron degollarlo con una navaja. Él se desangró pero sobrevivió quedándose boca abajo, haciéndose el muerto. Todavía lleva la marca de esa herida y por eso tiene problemas para hablar. A veces se le va la voz… Muchos de los soreños asesinados por Sendero Luminoso no aparecen en el informe de la Comisión de la Verdad y ese es el olvido que a ellos les duele e indigna. No desean una reparación civil, lo que buscan es que su testimonio perviva”.

A don Celestino, Nancy le informó que estudiaba derecho. Entonces él, entusiasmado, le obsequió toda la documentación que le había tomado años —décadas— archivar. Se trataba de información histórica: fotos atroces, noticias monstruosas, recortes amarillentos y firmas insólitas. Algunos de los pobladores de Soras no sabían firmar y ponían símbolos: círculos, cuadrados, rombos… eran analfabetos.

Don Celestino le entregó a Nancy un sobre Manila que tenía un título con plumón azul y letra imprenta: el “Expediente de los Vencidos”. Él viajó, en más de una ocasión, a Lima para pedir justicia y se topó con la burocracia imperante y el desdén para con los campesinos.

—Por favor que no quede en mí, que este documento no muera conmigo ¡ayúdanos! —le rogó don Celestino.

Este año por fin don Celestino ha podido recibir a su hijo, según me cuenta Nancy: “Yo no pude viajar para verlo, eso me sigue apenando. La ceremonia fue hace algunos meses, a inicios del 2022. La ropa de los cajones por fin ha sido reemplazada con cuerpos… o más bien restos de cuerpos masacrados por los bárbaros”.

—Ahora los cajones tienen huesos —le dijo a Nancy don Celestino, entre lágrimas—. Soras ha recuperado por fin a sus hijos.

Algunos han recibido una pierna o un fémur. Nada más. Pero eso ya representa el descanso: paz a sus huesos.

—¿Cómo así terminas tocando la campana de la plaza?

—En el último día, antes de irme se me dio por ir a la plaza. La iglesia estaba siendo refaccionada. Don Celestino me mostró los interiores de la iglesia y hasta vi los escondites para los niños detrás del altar mayor. Era el típico espectáculo en donde las imágenes están todas llenas de polvo, descascaradas… Al lado de la iglesia estaba el campanario que lo hicieron ellos mismos, ladrillo a ladrillo.

—¡Qué hermoso es el campanario, don Celestino! —le dijo Nancy.

—Sí —asintió él—. Y sólo lo usamos para dar buenas nuevas… cuando los terroristas se iban y nos sentíamos a salvo, al menos por unos días, esas campanas lo anunciaban repicando…

Motivada por ver la ciudad desde la altura del campanario, Nancy subió y terminó jadeando, en medio de la alegría y el soroche: “Cuando llegué a la cima, el espectáculo era increíble: estaba frente a una de las zonas en donde había, de alguna manera, germinado el mal en el Perú y donde también empezó el proceso de pacificación… Fue como un proceso de turismo vivencial o algo similar, por eso me atreví a tocar la campana sin pedir permiso. Sentí que una voz interior me decía que no podía irme de Soras sin tocarla. La toqué con todas mis fuerzas. Y varias veces.

—Y ¿no te dio miedo?

—Para nada.

En la plaza empezaron a asomar los pobladores y las mujeres sorprendidas aplaudieron a la forastera: Cuando Nancy bajó del campanario, abrazó a don Celestino y él le dijo:

—Probablemente yo y mi expediente seremos olvidados para siempre… pero tú, no.

—¿Por qué?

—Eres la primera mujer que toca la campana en Soras. Nunca antes una mujer ha subido a tocar la campana.

—¿En serio?

—Sí —asintió—, eso quiere decir que triunfarás.

Finalmente, don Celestino le invitó un par de alfajores y le explicó que en Soras las fiestas nunca eran fiestas, sino un recurrente recordar el dolor y la barbarie. Se bailaba llorando, se tomaba llorando: todo se hacía llorando, en medio de una aflicción sin techo: “¿Te imaginas cómo serán esas fiestas? Todos bailando y cantando entre lágrimas. Y es como un estigma, como una llaga interior hereditaria. Los jóvenes, que no han vivido esos años cruentos, también son tristes…

—Como el Perú, Nancy: como el Perú…

—Es cierto, el Perú es un lugar de veras tristísimo, una herida insondable. La sierra peruana es un campanario como el de Soras, pero con una campana rota que nunca podrá anunciar buenas nuevas. 

Dejanos un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.