Arequipa, la vigencia de una democracia que funciona
Por: Carlos Meneses
Así, Arequipa no solo cumplió con instalar todas sus mesas de sufragio. Cumplió, sobre todo, con demostrar que la democracia, cuando se ejerce con responsabilidad, puede desarrollarse con normalidad, orden y respeto.
En tiempos en los que la desconfianza hacia las instituciones suele marcar el pulso de la vida pública, jornadas como la vivida en la región de Arequipa resultan especialmente significativas. El desarrollo de las Elecciones Generales 2026 en esta parte del país no solo cumplió con los estándares logísticos esperados, sino que dejó una señal clara: la democracia puede y debe funcionar con orden, responsabilidad y participación ciudadana.
La instalación del 100 % de las 4 215 mesas de sufragio antes de las 9:40 de la mañana constituye, sin duda, uno de los indicadores más sólidos de este proceso. Detrás de esta cifra hay un despliegue eficiente liderado por la ONPE, así como el compromiso de miles de ciudadanos que asumieron su rol como miembros de mesa. Que más del 90 % de estas se haya instalado con titulares y suplentes previamente capacitados habla no solo de organización, sino también de una ciudadanía que responde cuando se le convoca.
No se trata únicamente de números. Lo verdaderamente destacable es que la jornada electoral se desarrolló sin mayores incidentes. En un país donde procesos anteriores han estado marcados por tensiones, retrasos o conflictos, el caso de Arequipa demuestra que es posible consolidar una cultura cívica basada en el respeto, la participación y el cumplimiento de las normas.
Es cierto que se registraron algunas demoras iniciales, principalmente por la tardanza de ciertos miembros de mesa. Sin embargo, estos inconvenientes no pasaron de ser situaciones aisladas que fueron rápidamente superadas. Lo esencial es que no hubo hechos graves que pusieran en riesgo el derecho al voto ni el normal desarrollo del proceso.
Otro aspecto que merece ser resaltado es la adecuada distribución de los 501 locales de votación en 109 distritos y 28 centros poblados, lo que permitió atender a más de 1.2 millones de electores. Este despliegue no solo facilitó el acceso al sufragio, sino que evitó aglomeraciones y contribuyó a una jornada fluida.
La experiencia de Arequipa deja lecciones importantes. Primero, que la planificación y la capacitación son fundamentales para el éxito de cualquier proceso electoral. Segundo, que la participación ciudadana sigue siendo un pilar esencial de la democracia. Y tercero, que cuando las instituciones cumplen su rol con eficiencia, se fortalece la confianza pública.
En un contexto nacional que muchas veces se ve marcado por la polarización y el escepticismo, lo ocurrido en Arequipa debe ser valorado como una auténtica fiesta democrática. No por la ausencia total de dificultades —algo improbable en cualquier proceso de esta magnitud—, sino por la capacidad de superarlas sin alterar el objetivo principal: garantizar el derecho de los ciudadanos a elegir libremente.
