Mirar demasiado y comprender muy poco
Por Ricardo Lucano

Vivimos mirando todo y entendiendo casi nada. Basta caminar unas cuadras, subir a una combi o abrir el celular para sentirlo: noticias, peleas políticas, escándalos, opiniones, tragedias, memes y discursos pasan frente a nuestros ojos a una velocidad absurda. Todo parece importante. Pero casi nada realmente permanece. confundimos ver con comprender.

Porque ver puede hacerlo cualquiera. Hasta el cansancio ve. Hasta la indiferencia ve. Mirar, en cambio, exige detenerse aunque sea unos segundos. Requiere atención, disposición y cierta humildad para aceptar que no entendemos todo de inmediato. Y observar de verdad implica todavía algo más difícil: dejar que aquello que vemos nos afecte humanamente.

El problema actual no es solamente el exceso de información, sino la ilusión de que información significa comprensión. Creemos que porque vimos una noticia ya entendimos un país; que porque escuchamos un discurso ya conocemos completamente a una persona; que porque observamos una escena ya tenemos derecho a juzgar toda una historia. Pero observar no consiste en acumular imágenes como si el cerebro fuera un archivo digital. Observar implica relacionar, interpretar y reconocer que la realidad casi nunca es tan simple como quisiéramos.

Además, nadie mira desde cero. Miramos con heridas, afectos, prejuicios, miedos y experiencias acumuladas a lo largo de la vida. Después de ciertas pérdidas el mundo cambia de color. Incluso la alegría modifica nuestra manera de percibir las cosas. Por eso dos personas pueden observar exactamente lo mismo y salir con conclusiones completamente distintas.

John Berger decía algo sencillo y profundo: nunca miramos solamente las cosas; miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos. Y probablemente allí está una de las claves para entender por qué interpretamos tan mal a los demás. Lo que vemos no depende únicamente de la realidad exterior, sino también de la historia silenciosa que cargamos por dentro.

El ser humano desarrolló una enorme sensibilidad hacia las miradas, los gestos y los silencios. Aquello que antes ayudaba a detectar amenazas y sobrevivir, hoy muchas veces se activa en oficinas tensas, reuniones familiares incómodas o redes sociales donde abundan las indirectas, la agresividad disfrazada de opinión y la necesidad desesperada de aprobación.

Y entonces terminamos recordando selectivamente. Eliminamos detalles incómodos, exageramos otros y construimos versiones parciales tanto de nosotros mismos como de los demás. El conflicto empieza cuando esa mirada incompleta se convierte en juicio automático. Allí dejamos de observar personas y comenzamos a mirar etiquetas.

Y eso ocurre todos los días. Muchas veces se mira al pobre como sospechoso, al provinciano como inferior, al académico como arrogante, al artista como inútil y al político como corrupto incluso antes de escuchar una sola palabra. Las etiquetas llegan primero; la comprensión casi siempre llega tarde, cuando llega.

Cuando una persona se acerca a sus emociones o prejuicios, pierde perspectiva. Pasa en política, en el amor y también en la vida cotidiana. El fanático no observa: idolatra. El odiador tampoco observa: caricaturiza. Ambos terminan deformando la realidad porque solo logran ver aquello que confirma sus propias certezas.

Tal vez por eso el verdadero problema contemporáneo no sea la falta de información, sino la incapacidad de detenernos a mirar con más profundidad, paciencia y respeto. Porque ver es automático. Pero comprender exige tiempo, atención y algo que parece escasear cada vez más en medio de tanto ruido: humanidad.

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