LA VIDA, UN DON QUE SE ACABA

Por: Miguel Ángel Huamán

Elon Musk ha conseguido convertirse en el primer trillonario del planeta; con otras palabras, es el hombre más rico del mundo. Si él quisiera acabar toda su fortuna tendría que gastar 27 millones de dólares diarios y vivir cien años más. Es decir, imposible de conseguir porque la intención de ejecutar dicha operación implica transacciones complicadas que difícilmente se concreten en 8-12 horas laborales cotidianas.

Por otro lado, supongamos que consigue concretar dicho movimiento diario, el resto de sus millones le producen un monto mayor de ingresos que el gasto realizado. Así busque organizar un despilfarro el doble o triple no puede evitar que el interés mínimo que le da el volumen gigantesco del resto de su capital le genere más dinero de lo que ha dilapidado.

La pregunta cae por su peso: ¿quién tiene a quién: Musk a los billetes o los billetes al trillonario? Afirmarán que eso no importa si puede vivir a todo lujo y disfrutar todo lo que desee en la vida. Pero, hay una pregunta simple y sencilla que evidencia la verdadera naturaleza de la vida del magnate norteamericano: ¿llegará el día en que se va morir o no? Sí.

Los metales como el oro o la plata, así como las piedras preciosas, diamantes o perlas, no tienen afanes de lucro. Los billetes ni monedas tampoco poseen voluntad de ganancia y acumulación. Somos los seres humanos aquellos que insuflamos a las cosas anhelos de usura y valor de cambio. En ese uso lo que es un medio se metamorfosea en un fin absoluto. El mal como degeneración y la muerte cual inevitable destino impone su reino.

La diferencia entre la vida y la muerte, lo humano e inhumano se encarna en la cantidad exacta de ceros: un millonario posee al menos un millón de unidades monetarias, un billonario (o milmillonario) alcanza los mil millones, y un trillonario posee un millón de millones. Esta escala de riqueza multiplica exponencialmente el poder adquisitivo, la influencia y la capacidad de inversión macroeconómica que traduce con plenitud la existencia imaginaria del demonio o ser del mal.

La verdadera escala de esta supuesta riqueza encubre el dolor, la miseria y el sufrimiento de millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos, hombres y mujeres condenados anticipadamente a la muerte, al silencio y al olvido. En lugar de continuar esclavos de un mecanismo del mal, del poder del dinero o la destrucción podemos con una simple decisión ubicar el bienestar de los niños desamparados, los enfermos abandonados, las mujeres madres desprotegidas en primera prioridad. Así convertir a la humanidad en una comunidad de hermanos solidarios, una familia recíproca plena, un paraíso cooperativo social e individual.

Los demonios y seres malévolos, los espíritus nefastos, que supuestamente controlan el universo infinito, existen solo en cada uno de nosotros imaginariamente. Estas creencias enajenantes nos impiden que asumamos como familia humana la convicción de conseguir con libertad una existencia colectiva, comunista y fraternal plena, sin diferencias de lengua, raza, sexo, edad e ideología.

En palabras del papa León XIV de su encíclica «Magnífica Humanitas»: «Evitemos, por lo tanto, el síndrome de Babel; la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimiento»

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