Gobernar con hechos, no solo con promesas
Por Andrea Flores.
Cada cambio de gobierno representa un punto de inflexión para el país. Con la asunción de las nuevas autoridades concluye una etapa electoral marcada por el debate y las promesas, y comienza otra en la que la ciudadanía espera resultados concretos. La confianza depositada en las urnas solo podrá consolidarse mediante una gestión eficiente, transparente y capaz de responder a los problemas que afectan diariamente a millones de peruanos.
Las primeras declaraciones del nuevo gabinete ministerial han delineado una agenda basada en el diálogo, la reactivación económica, la creación de empleo y el fortalecimiento de las instituciones. Son planteamientos que responden a las principales demandas del país y que reflejan la intención de construir un clima de estabilidad. Sin embargo, la historia reciente demuestra que las buenas intenciones deben traducirse en políticas públicas eficaces y en decisiones oportunas para generar cambios reales.
El Perú enfrenta desafíos de gran magnitud que requieren liderazgo y capacidad de ejecución. La inseguridad ciudadana continúa golpeando a familias, comerciantes y emprendedores; la economía aún necesita recuperar el dinamismo suficiente para generar empleo formal; y los servicios de salud y educación mantienen brechas que afectan especialmente a las regiones.
A ello se suma la necesidad de preparar al país frente a un posible Fenómeno de El Niño, cuya ocurrencia obligará a acelerar las obras de prevención, fortalecer la capacidad de respuesta de las instituciones y coordinar acciones entre el Gobierno Nacional, los gobiernos regionales y las municipalidades. La prevención no puede seguir postergándose cuando están en juego vidas humanas, infraestructura y actividades productivas.
En este escenario, las regiones esperan que el proceso de descentralización deje de ser un discurso para convertirse en una política efectiva. Arequipa, por ejemplo, demanda la ejecución de proyectos estratégicos de infraestructura vial, mayores inversiones en hospitales, mejoras en el sistema educativo y un decidido impulso a la actividad productiva. Lo mismo ocurre en otras regiones del país, donde la población espera que las decisiones adoptadas en Lima se reflejen en obras y servicios que mejoren su calidad de vida.
Otro reto fundamental será recuperar la confianza en las instituciones públicas. Los continuos enfrentamientos políticos de los últimos años han generado incertidumbre y debilitado la percepción ciudadana sobre la capacidad del Estado para resolver los problemas nacionales. Restablecer esa confianza exigirá diálogo permanente, transparencia en la gestión, lucha frontal contra la corrupción y una administración que rinda cuentas de manera oportuna.
La gobernabilidad no depende únicamente de la voluntad del Poder Ejecutivo. También requiere la participación responsable del Congreso, de las autoridades regionales y locales, del sector privado y de la sociedad civil. Solo mediante consensos será posible impulsar reformas que perduren y permitan consolidar un crecimiento sostenido e inclusivo.
Hoy el Perú inicia un nuevo capítulo de su historia democrática. Las expectativas son legítimas y los desafíos no admiten improvisaciones. El éxito de esta gestión no será medido por la cantidad de anuncios ni por la intensidad de los discursos, sino por su capacidad para ofrecer seguridad, empleo, mejores servicios públicos y oportunidades para todos. Es el momento de gobernar con responsabilidad, construir acuerdos y demostrar, con hechos, que es posible responder a las demandas de un país que espera soluciones y resultados.
