El fascismo y el miedo

Cuando el miedo empieza a ocupar el lugar de la libertad, el fascismo puede comenzar a abrirse paso en el siglo XXI. No necesariamente con las mismas formas del pasado, sino mediante nuevas circunstancias que pueden afectar, poco a poco, la libertad, la convivencia y la dignidad humana.

Por: Ricardo Lucano

El fascismo histórico tuvo expresiones concretas: autoritarismo, nacionalismo extremo, culto al líder, violencia política, persecución del adversario y exclusión de quienes eran considerados una amenaza. El mundo actual es diferente, pero algunas de aquellas lógicas pueden permanecer, aunque aparezcan de manera más sutil y, en ocasiones, bajo discursos que incluso se presentan como defensa de la libertad.

Una de las señales más preocupantes es la división entre «nosotros» y «ellos». Nosotros somos los buenos, los patriotas, quienes tenemos la razón; ellos son los enemigos, los traidores o los responsables de nuestras desgracias. El adversario deja entonces de ser alguien con quien se puede debatir y comienza a ser visto como una amenaza que debe ser silenciada o excluida.

Es entonces cuando la democracia comienza a debilitarse porque el miedo puede convertirse en una poderosa herramienta de sometimiento. Quien teme ser señalado, humillado, perseguido o excluido comienza a cuidar cada palabra. Piensa antes de hablar, calla lo que realmente piensa y, finalmente, ya no necesita que alguien lo censure: aprende a censurarse por sí mismo. Ese es uno de los triunfos más profundos del autoritarismo: convertir a la persona en su propia censora.

Porque la democracia no consiste únicamente en votar. También significa aceptar que el otro puede pensar diferente, cuestionar, equivocarse y seguir teniendo los mismos derechos. La democracia se pone a prueba cuando escuchamos a quien no piensa como nosotros.

En las redes sociales este fenómeno puede intensificarse. Una opinión diferente puede provocar insultos, ridiculización o exclusión pública. La polarización reduce la realidad a una falsa elección: «si no estás conmigo, estás contra mí». Cuando todo se reduce a dos posiciones irreconciliables, desaparecen los matices, la duda y la posibilidad de pensar críticamente.

Pero pensar significa preguntar, contrastar, dudar y tener la humildad de reconocer que podemos estar equivocados. Una sociedad que castiga la duda termina premiando la obediencia.

Por eso, el peligro no está solamente en la transformación de las instituciones. También puede estar en la transformación de nuestras relaciones humanas. El vecino desconfía del vecino. Los amigos evitan determinadas conversaciones. Hay temas que dejan de hablarse en la mesa familiar o entre compañeros porque pueden generar conflictos o rechazo. Cuando una sociedad comienza a escoger qué puede decirse y qué debe callarse, algo profundo comienza a quebrarse.

Cuando el silencio nace del miedo, no es paz: es sometimiento, cuando dejamos de escuchar, cuando consideramos inferior a quien piensa diferente, cuando justificamos la censura porque afecta al adversario o cuando aceptamos la persecución porque creemos que «se la merece».

Por eso debemos reconocer algunas señales: la exaltación del líder, el desprecio por las instituciones, la intolerancia frente al pensamiento diferente, la construcción permanente de enemigos, la deshumanización del adversario y el intento de imponer una única verdad política o moral. Frente a esto necesitamos educación, memoria histórica, pensamiento crítico y ciudadanos capaces de defender la libertad incluso de quien piensa diferente.

Porque cuando el miedo sustituye a la libertad, cuando el odio reemplaza al diálogo y cuando el adversario deja de ser visto como persona, la democracia puede conservar sus instituciones, pero comienza a perder su alma. Y una sociedad que pierde el valor de pensar libremente puede conservar sus derechos escritos en un papel. Pero habrá comenzado a perder la libertad interior que permite defenderlos.

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