La tormenta perfecta: Presidencialismo de Asamblea y la levedad peruana

Por: Joaquín I. Cáceres Rosado – Abogado y docente universitario

Mirar al cielo con terror cada vez que se anuncia el Fenómeno de El Niño se ha convertido en nuestro deporte nacional. Sin embargo, la inminencia de huaicos, desbordes y puentes colapsados no es solo un problema meteorológico; es, ante todo, la radiografía de un fracaso institucional. En este escenario de lodo e incertidumbre, resulta casi obsceno que nos neguemos a mirar el origen de la parálisis: el esperpento en el que se ha convertido nuestro régimen de gobierno. ¿Acaso en las entrañas de nuestra Constitución mutada no se esconde la explicación de por qué nos ahogamos cíclicamente en el mismo vaso de agua? La respuesta es un rotundo sí. En el Perú, la teoría política ha saltado por los aires.

El célebre politólogo Juan Linz advirtió sobre los peligros del presidencialismo, señalando que la doble legitimidad (un presidente y un Congreso elegidos por el voto popular) conduce inevitablemente al choque de trenes. Pero la clase política peruana, siempre superándose a sí misma en el arte del caos, llevó esto a un nivel más dantesco: hemos parido un presidencialismo de asamblea. Como advertiría Giovanni Sartori, el gobierno de asamblea es la peor de las patologías democráticas, pues el poder recae en un Parlamento fragmentado, sin liderazgos claros, sin responsabilidad política y dedicado exclusivamente al chantaje de un Ejecutivo débil y acorralado.

Este diseño perverso tiene consecuencias letales que se miden en metros cúbicos de agua desbordada. ¿Cómo puede un gobierno diseñar una estrategia a largo plazo de defensas ribereñas o drenaje pluvial cuando su única política de Estado es sobrevivir al viernes?

El Ejecutivo no gobierna, administra su propia agonía frente a las amenazas de vacancia; y el Congreso no legisla, extorsiona. Así, las malas decisiones y omisiones de nuestros actores políticos —expertos en devolver presupuestos, blindar a los corruptos y dinamitar la meritocracia— nos dejan inermes frente a un fenómeno climático cuyos ciclos están más que documentados. El Niño no nos sorprende; nos encuentra exactamente donde la miopía política nos dejó.

Pero sería intelectualmente deshonesto culpar únicamente a los inquilinos del poder. Si el circo romano sigue funcionando, es porque la tribuna lo tolera. Como teorizó Guillermo O’Donnell, padecemos una alarmante ciudadanía de baja intensidad.

Nos hemos acostumbrado a transitar la desgracia con una resignación pasmosa, habitando lo que podríamos llamar la insoportable levedad de ser peruanos. Disfrazamos nuestra apatía cívica con la etiqueta romántica de la «resiliencia», cuando, en el fondo, se trata de una falta absoluta de compromiso. Marchamos un día, nos indignamos en redes sociales y, al siguiente domingo, votamos desde la tripa, garantizando que el ciclo del desencanto se perpetúe.

El lodo del próximo Fenómeno de El Niño terminará por secarse, pero el fango institucional seguirá intacto. Reflexionar sobre nuestro diseño de gobierno y asumir nuestra cuota de responsabilidad cívica ya no es un ejercicio académico para técnicos de salón; es una urgencia de supervivencia. De lo contrario, seguiremos siendo una república a la deriva, esperando pasivamente el próximo aguacero que termine por arrastrarnos.

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