LA RESPUESTA DEL MENDIGO

Por Dr. Juan Manuel Zevallos

Ahora les pido a todos ustedes que hagan silencio. Aún tengo miedos acumulados en mi mente, aún hay pensamientos extraviados que se reproducen en proporciones geométricas y que generan daño. No soy perfecto y ese un don invalorable. Sé que tengo palabras blancas y frases de esperanza que deben retumbar en el vacío de mi mente, solo así podré liberarme de la tiranía de mis miedos y pensamientos aberrantes.

Muchos podrán pensar que estoy embarcado en una guerra fratricida, conmigo mismo. Dichas conjeturas están muy lejos de ser ciertas. Lo peor que pudiera hacer es iniciar un nuevo conflicto en mi interior. Aprendí a lo largo de tanto tiempo que la violencia solo acarrea más violencia y que cada acto nefasto que llevo a cabo no solo afecta a las personas que me rodean, sino que el principal afectado por mis necedades soy yo.

El concepto de violencia está proscrito de mi libro de desarrollo personal. Por eso ahora hago silencio mientras mis miedos hacen latir profundamente mi corazón mientras la respiración silbadora acelera su paso. Solo debo de esperar que el remezón emocional pase. Ahora ha llegado la calma, ahora puedo expresar nuevamente lo que pienso. Un día, en un tiempo lejano probablemente los terremotos emocionales asociados a mis miedos y aquellos aprendizajes de dolor se harán tan espaciados que probablemente llegaré a creer en su ausencia.

Que existan o que un día desaparezcan no es una finalidad propia de mi existencia. Se aprende de todo, de los buenos momentos y también de los terremotos emocionales. Ellos son una muestra clara del proceso de cambio que he venido desarrollando y son un llamado de atención para valorar de mejor manera todo aquello que vivo a diario.

Ahora comprendo que el tiempo es sabio y que tarde o temprano nos regala aquello que tanto necesitamos aprender. El cielo está iluminado por el mágico sol y me alegró por ello, luego vendrán las nubes y dispersarán el agua de la vida por los campos y me alegraré también por ello. No hay razón alguna para rechazar los milagros de la naturaleza y no hay peor cadena limitante que la insatisfacción.

Me he vuelto un ser que ha desterrado de su léxico la frase “deseaba que fueras así”. Acepto a la gente que me rodea tal como es. La auto aceptación y la aceptación del entorno donde nos desarrollamos son actitudes de amor tan propio que generan bienestar constante. Muchos podrán pensar que me he vuelto conformista y que he abandonado mi sueño por mejorar la calidad de vida de la gente, pero yo les digo: mi alma vibra de emoción, ya que he hecho un descubrimiento maravilloso: yo me llevaba mal con la gente que me rodeaba y con aquellas que decía que amaba por una sola razón, “aspiraba, deseaba y hasta anhelaba que fuesen distintas”. He ahí mi error. Si no acepto a mi prójimo y contemplo siempre sus defectos estaré siempre solo. Y así viví muchos otoños e inviernos de mi vida.

Saben algo, ahora estoy llorando y me siento feliz por ello. Sé que estoy dejando fluir aquellos actos y situaciones de inconformismo que habitaron tantas horas en mi cuerpo emocional. La gente no cambia porque uno quiera que cambien, cambia porque así lo desean. Si tratara de imponer mi punto de vista lo único que haría sería dañar mucho más sus vidas. Aprendí que cada árbol de fruta da su cosecha en un tiempo distinto y reconocí en cada ser humano a un árbol frutal que un día de tantos dará frutos de auto conocimiento.

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Ahora te miro Cenicienta desde lejos y quiero decirte: “me gustaría acompañarte siempre, pero a la vez debo decirte que no te voy a acompañar siempre”.

No podemos prometer lo que no se puede cumplir y nuestra libertad para vivir se nutre de nuestra capacidad de cambiar. Lo que hoy puede ser un axioma o una verdad absoluta que me ligue a un compromiso mañana puede ser una ilusión que genere en mi ser la necesidad de hallar una nueva verdad.

Soy libre para no cumplir mis promesas, si llego a la conclusión que dicha promesa genera daño, pero a la vez soy libre para reafirmar en mi vida un compromiso de vida con todos aquellos que amo y que sé que no se romperá.

Soy libre respecto a la palabra dada, soy libre para darme siempre. Parece una contradicción, pero las verdades más grandes viven en los confines de la duda y del amor. Para saber algo debo de renunciar a aquello que sé para saber algo nuevo. Para amar a alguien debo de renunciar al ser que amo para poderlo amarlo a plenitud. Para cumplir mi promesa debo de renunciar a dicha promesa para poderla hacer realidad.

Hoy he descubierto que Cenicienta ve el sol, pero desde un punto distinto del planeta. Sé que no debo de hacerme de ilusiones y que debo de pisar tierra, pero ello tampoco es plenamente cierto. Para soñar hay que volar.

Nadie se iguala a mí y yo no puedo igualar a nadie. Los prejuicios son creaciones mentales que dañan y ofenden nuestra capacidad creativa y de comprensión.

Te deseo lo mejor Cenicienta y añoro poder recibir de tus labios años de saber y aliento por volver a vivir. Sé que un día te liberaste del yugo de la mente criminal que busca destruirnos sin que nos podamos dar cuenta.

Siento a la distancia que las ventanas de tu memoria asociadas al dolor han sido pintadas con colores de esperanza y notas de pasión por la vida.

Mira Cenicienta, ha empezado a llover y el sol aún se puede contemplar allá en lo alto. Eso quiere decir que aún hay milagros.

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