Hemingway

Por Omar Zevallos y Willard Díaz

En uno de los cafés literarios que organiza cada mes la Biblioteca del Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa tuvimos la conversación que registramos en parte a continuación, acerca de la vida y la obra de Ernest Hemingway.

Omar Zevallos.- ¿Willard, quién es para ti Hemingway, aparte del mito que conocemos del escritor aventurero mujeriego y alcohólico?

Willard Díaz.- A inicios del siglo XX la literatura en el mundo cambia de un modo radical. La manera de escribir, de leer, de pensar la literatura se transforma con el “Ulises” de Joyce, las novelas de Virginia Wolff, los cuentos de Kafka. El modelo clásico del siglo XIX que privilegiaba la historia de conflictos, del final sorprendente, de personajes extraordinarios, cede ante el desarrollo de otros elementos de la estructura narrativa, como son las descripciones inteligentes, el mundo interior del personaje, la vida cotidiana y la sutileza de los detalles. Todo esto lo aprovechan los escritores norteamericanos para modernizar su literatura, y entre ellos, uno de los primeros y de los mejores fue Hemingway. El otro, rival de Hem, fue Faulkner.

Los dos, Faulkner y Hemingway tiene estilos muy diferentes pero son los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Hemingway tiene historias potentes, pero es sobre todo su estilo, la forma de sus relatos, la innovadora.

OZ.- Hay que remarcar que Hemingway empezó como periodista, con el estilo de escribir noticias en esa época en los Estados Unidos: la pirámide invertida, la claridad de las oraciones, el estilo directo. ¿Crees que eso determinó su prosa?

WD.- Hemingway desarrolló un estilo muy personal, es cierto. No era un teórico ni un académico, no estudió en la universidad. Lo que hizo con el lenguaje lo sacó de la práctica, del trabajo y de la lectura. Era un gran lector. Nunca ha dado conferencias ni escrito ensayos; era reacio a las entrevistas.

Tengo un librito, una joya de mi biblioteca, que reúne fragmentos entresacados de sus obras, de sus cartas a otros escritores, a sus editores y a su familia, en los que desliza algunas ideas sobre la composición literaria. Allí comenta en efecto su paso por el diario Star de Kansas y sus aventuras como corresponsal, pero también dice que luego tuvo que aprender más con las lecturas de los grandes maestros.

OZ.- He tenido la oportunidad de estar en su casa de La Havana, Cuba, donde fui a investigar sobre su vida para escribir después mi libro; fui a su casa, preciosa, la mantienen tal y como la dejó, y allí consta en un cuaderno que él había contado  la cantidad de palabras que escribía cada día. Se levantaba, tomaba el desayuno, y de inmediato empezaba a escribir. Escribía generalmente de pie, por un problema en la columna, y registraba detalladamente el progreso de su trabajo. En la tarde se iba a divertir.

WD.- Como tú, como cualquiera que admira a un escritor, también he estado tras los libros sobre su vida y sobre su obra. Cada que algún amigo volvía de Estados Unidos le pedía esos maravillosos álbumes que se han publicado con fotografías de su vida. Pedía los libros en inglés, para comparar las traducciones; en fin. En uno de esos álbumes hay una foto de su baño, tenía estanterías con libros ahí, juntito al inodoro.

OZ.- ¿Ves una relación entre la vida del autor y los temas de sus obras? Ya conocemos por sus biógrafos que era un viajero, un aventurero constante, ¿eso influyó en su obra?

WD.- La vida de sus personajes no es muy diferente de la vida de Hemigway. De cada uno de sus viajes sacaba historias. La primera novela, “Fiesta”, sale de su viaje a España; el segundo, de su experiencia en la Primera Guerra mundial, hasta el último, “Islas a la deriva”, de su estadía en Cuba. Hoy llamaríamos quizás, a esa correspondencia, con la etiqueta cursi de “autoficción”.

Pero debo añadir algo, para no alimentar ese error. El novelista nunca cuenta su vida tal cual, mezcla anécdotas vividas, conocidas, leídas, con elementos ficticios totalmente imaginarios, y eso contamina al resto, todo lo vuelve ficción. El lector no tiene modo de saber qué, adónde, cómo ha realizado la mezcla; y además no le importa ir a verificar si eso es verdad o no, como sí se hace con los libros de Historia. Uno lee como ficción, como literatura.

OZ.– ¿Cuál es tu novela preferida de Hemingway?

WD.- Perdona, no tengo una preferida, tengo tres o cuatro. “Fiesta”, “Por quién doblan las campanas”, “Adios a las armas”, las novelas cortas tipo “La vida corta y feliz de Francis Macombert”. Pero, y esto es grave, creo que como cuentista era aun mejor que como novelista. Algunos de sus cuentos me parecen de los mejores del mundo. Bueno, ¿y las tuyas?

OZ.- A mí me gusta primero “El viejo y el mar”, que me cautivó cuando joven. La aventura de este viejo en el mar, luchando con la soledad, con la adversidad. En fin.

Dime, ¿qué fue de “la generación perdida”, él es parte de ese grupo?

WD.– El membrete es de Gertrude Stein. Sabes que cuando Hemingway y su esposa desean salir de Estados Unidos e irse a Europa, un amigo, Sherwood Anderson, le recomienda visitar a una mujer en París que suele alojar a los norteamericanos visitantes. Ella es Gertrude Stein. En efecto, los recibe, los contacta con otros migrantes escritores y artistas, les ayuda a cuidar a su hijo recién nacido, etc.

Un día había alguna reunión, una ceremonia o algo, no recuerdo, y esos norteamericanos debían llegar a tiempo para ayudarla, pero le fallan. Entonces es que dice “esta generación está perdida”. A ellos les hizo gracia y empezaros a llamar en broma así: “la generación perdida”: Dos Passos, Fitzgerald, Hemingway y alguien más.

OZ.- ¿Se sigue leyendo a Hemingway ahora?

WD.- Ya no tanto. Tuve un profesor en la universidad, Aníbal Portocarrero, al que, cuando hicimos amistad, le pedí me recomiende libros. Y me dijo: “Te recomiendo que no leas libros sino autores. Para conocerlos bien, para relacionar sus obras, para ver el conjunto y entender mejor sus partes, lee todo Hemingway, todo Faulkner, todo Dostoievski, todo Sartre, y si puedes todas las biografías y toda la crítica que encuentres”. Y así aprendí a leer literatura. Por colecciones.

Eran otros tiempos, ahora ya no se lee así. Ya no tenemos tiempo, hay que trabajar para el patrón todo el día y parte de la noche.

Lo que se lee de Hemingway por entretenimiento es lo más popular, lo que se encuentra en cualquier librería, “El viejo y el mar”, “Las nieves del Kilimanjaro”. En la universidad los cuentos son lectura obligatoria. Son parte del canon.

OZ.- Siempre me he preguntado por qué las películas que se hicieron sobre sus novelas eran tan malas. ¿Qué crees?

WD.- En general, es muy difícil llevar las buenas novelas al cine. Se requiere un director que sea a la vez un literato. Y Hemingway no tuvo suerte. Pero para mí mejor, porque cuando vi las películas pensé que la novela era superior y aumentó mi admiración.

OZ.- Siempre el libro va a ser mejor que la película…

WD.- No siempre. Hay películas que son tan buenas como las novelas, “La carretera” por ejemplo. O que están muy bien adaptadas, como “Apocalypse Now”, que se basa en una novela de Joseph Conrad sobre el imperialismo en el Congo y la traslada a la guerra de Vietnam.

O “Blow Up”, de Antonioni, basada en un cuento de Cortázar.

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