La inflación toca la puerta

Durante algún tiempo nos habíamos acostumbrado a hablar poco de inflación. Y eso era una buena noticia. Luego del fuerte episodio inflacionario de años anteriores, los precios volvieron a estabilizarse y en agosto de 2025 la inflación anual había descendido hasta 1,1%. Un año después, el panorama es distinto: en agosto de 2026 la inflación alcanzó 4,4%, nuevamente por encima del rango meta del BCRP de 1% a 3%.
¿Qué pasó? Buena parte de la explicación proviene de shocks de oferta. El conflicto en Medio Oriente elevó el precio internacional del petróleo y presionó combustibles y transporte. A ello se sumaron la rotura del gasoducto de TGP y las presiones sobre algunos alimentos asociadas a factores climáticos.
Esto ayuda a entender la decisión adoptada por el BCRP a comienzos de septiembre de mantener su tasa de referencia en 4,25%. La política monetaria no puede evitar el primer impacto de un aumento internacional del petróleo o los alimentos. Su tarea es otra: impedir que un shock inicialmente transitorio se traslade al resto de precios, contamine las expectativas y termine convirtiéndose en inflación persistente.
Los datos justifican esa prudencia. En agosto, la inflación mensual fue apenas 0,07%, pero la inflación sin alimentos y energía se mantuvo en 4,5% y las expectativas a doce meses alcanzaron 3,05%, ligeramente por encima del techo del rango meta. El último Reporte de Inflación del BCRP refuerza, por ello, la necesidad de mirar más allá del dato mensual y evaluar cuidadosamente la persistencia del shock.
Pero existe otra dimensión del problema: la inflación no golpea a todos por igual.
En Arequipa, la inflación anual se encuentra alrededor de 4,5%. Y ese porcentaje esconde realidades muy diferentes. Una familia de ingresos altos puede reducir ahorro, sustituir algunos productos o postergar determinados gastos. Para una familia pobre, cuyo presupuesto está concentrado en alimentos, transporte, energía y otros bienes esenciales, esas posibilidades son mucho menores.
La evidencia para el Perú es contundente. Un estudio del BCRP encuentra que, durante episodios de alta inflación, el consumo de los hogares de menores ingresos puede reducirse hasta 8,6%, mientras los hogares de mayores ingresos poseen mayor capacidad para amortiguar el impacto. En Arequipa, donde todavía existe un segmento importante de la población en situación de pobreza o vulnerabilidad, unos soles adicionales en alimentos, gas o transporte pueden significar recortar otros consumos básicos.
La mejor protección de largo plazo frente a los shocks de oferta es generar mayores ingresos. Y para eso hay que crecer.
Arequipa posee minería, agroindustria, comercio, turismo, servicios y un enorme potencial de inversión. Transformar esas ventajas en productividad, empleo formal y mejores salarios es fundamental. Una economía que crece poco genera familias permanentemente vulnerables ante cualquier shock.
Preservar la estabilidad de precios y la institucionalidad del BCRP es indispensable. Pero es solo una parte de la tarea. La inflación golpea más al que menos tiene. La mejor manera de que ese golpe duela cada vez menos es que las familias tengan cada vez más. Y para eso, Arequipa y el Perú necesitan volver a crecer más.
