LA ESCALERA QUE NOS ENSEÑAN
Por: Ricardo Lucano

En la juventud comienzan a germinar las preguntas que nos acompañarán el resto de la vida: ¿qué quiero ser?, ¿qué voy a estudiar?, ¿qué lugar ocuparé en el mundo? Es también el momento en que se empieza a mirar la escalera que le han preparado.

Nos enseñaron que progresar era sinónimo de subir: de puesto, de sueldo, de categoría, de barrio, de universidad. Tener un título, conseguir un mejor trabajo, conocer a las personas adecuadas. Y aprender las reglas del juego: cuándo hablar, qué decir, con quién conviene conversar y qué cosas es mejor callar para encajar.

La vida va pareciéndose a una escalera. Cada peldaño parece acercarnos a una cima, aunque rara vez nos preguntemos quién decidió que esa debía ser nuestra meta. El problema surge cuando el ascenso individual se vuelve la única medida del éxito y dejamos de mirar a quienes sostienen la escalera.

La vida, poco a poco, va pareciéndose a una escalera. Cada peldaño parece acercarnos a una cima preestablecida, aunque rara vez nos detengamos a preguntar quién decidió que esa debía ser nuestra meta. El verdadero problema aparece cuando el ascenso individual se convierte en la única medida del éxito, y en ese afán dejamos de mirar a quienes quedaron abajo y a quienes, silenciosamente, sostienen nuestra escalera.

Nadie se forma solo. Somos nuestros padres y abuelos, el barrio, el paisaje y las palabras escuchadas de niños. Nuestra identidad se teje con el lugar que habitamos. Pero surge una contradicción: En esa escalera, ¿cuánto de lo que soñamos nace de nosotros y cuánto hemos aprendido a desear porque otros decidieron qué es el éxito?

Por eso necesitamos mirar nuestra historia con otros ojos. Quijano y Dussel nos ayudan a cuestionar la idea de que solo desde ciertos lugares se produce conocimiento válido. No para rechazar lo de fuera, sino para reconocer que nuestros territorios también piensan y enseñan.

Tal vez aquí asome un nuevo paradigma: dejar de entender el progreso como un ascenso solitario y asumirlo como desarrollo humano compartido. Subir peldaños sí, pero también crecer hacia los lados. Hacia la comunidad, la memoria y la naturaleza. Que una persona mejore su andar sin sentir que debe alejarse de quienes son parte de su historia.

Quizá una buena educación no debería limitarse a dictarnos qué profesión tendremos, cuánto ganaremos o qué peldaño ocuparemos. Debería, ante todo, ayudarnos a responder qué clase de seres humanos queremos ser y qué mundo construiremos con lo aprendido.

No se trata de romper la escalera, sino de comprender que existe un soporte. Y quizá esta primavera nos recuerde algo elemental: ningún árbol crece solamente hacia arriba. Mientras busca la luz, también extiende sus raíces y se afirma en la tierra.

Porque crecer no debería significar desarraigarnos para alcanzar una cima, sino hallar el modo de elevarnos sin dejar de pertenecer. Quizá ese sea otro modo de progresar: llegar más lejos sin perder la esencia y más alto sin dejar de mirar alrededor.

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