Cambiemos el futuro de Arequipa: El poder de tu voto consciente

Frente a las caravanas y el despliegue publicitario de las campañas, el verdadero cambio radica en la reflexión y en la búsqueda del bien común para nuestra comunidad

Por: Yeison Gonzales Yáñez

Este pasado fin de semana salí a cenar con mi pareja a un restaurante ubicado en una plaza relativamente concurrida de la ciudad. Una cita cualquiera de fin de mes, de esas que se prolongan un par de horas entre conversación y comida. Pero aquella noche tuvo un espectáculo adicional. Frente a nosotros desfilaron, una tras otra, aproximadamente diez caravanas políticas.

No era el Corso por las fiestas de Arequipa, aunque por momentos lo parecía. Vehículos adornados, música a todo volumen, bailes, animadores, regalos y candidatos saludando como si acabaran de descubrir que el pueblo existe. Apenas habían pasado diez minutos desde una caravana cuando aparecía la siguiente. Cada una parecía empeñada en superar a la anterior: más ruido, más luces, más gente, más promesas. Una auténtica competencia por ver quién podía convertir mejor la política en espectáculo.

Y estamos apenas a unos días de las elecciones.

El panorama resulta abrumador. La ciudad está literalmente tomada por la propaganda. Quienes vivimos los años noventa recordamos otra escena: los paneles publicitarios estaban dominados por cervezas, gaseosas, bancos y productos que prometían hacernos la vida más cómoda. Hoy, buena parte de ese espacio está ocupado por rostros sonrientes, slogans y promesas electorales. Si uno se dedicara a contar los carteles que aparecen en las calles, probablemente terminaría preguntándose si todavía estamos frente a una ciudad o si hemos entrado en una gigantesca feria electoral.

Y en las redes sociales ocurre exactamente lo mismo. El bombardeo es permanente. Promesa tras promesa. Video tras video. Candidato tras candidato. Todos parecen tener la fórmula definitiva para solucionar aquello que durante décadas nadie ha podido resolver.

Hay, sin embargo, algo que llama especialmente la atención: casi todos ofrecen bienestar. Un bienestar aparentemente ilimitado y al alcance de la mano. Teleféricos, trenes subterráneos, agua para los sectores más vulnerables, infraestructura, seguridad, empleo, desarrollo. Algunas de estas necesidades son legítimas y urgentes; particularmente aquellas vinculadas con servicios básicos que siguen siendo una deuda histórica con miles de ciudadanos.

Pero aquí aparece una pregunta incómoda: ¿gobernar consiste únicamente en construir cosas? Siguiendo algunas de las preocupaciones de Alasdair MacIntyre, podríamos preguntarnos si la tarea política no debería preocuparse también por la formación de ciudadanos capaces de vivir responsablemente en comunidad, desarrollar virtudes y participar en la construcción del bien común. Una sociedad no se transforma únicamente mediante cemento, fierro y concreto. También necesita educación, cultura, responsabilidad, sentido comunitario y formación moral.

El problema es que las obras se ven. Se inauguran. Se fotografían. Se cortan cintas. Las virtudes ciudadanas, en cambio, no tienen placa inaugural. Y quizá allí esté una de las grandes paradojas de nuestra política: resulta mucho más sencillo prometer una obra que formar ciudadanos.

Pero detrás de todo este carnaval aparece otra pregunta, bastante menos festiva: ¿cuánto cuesta semejante despliegue? Porque nada de esto es gratuito. Los vehículos no circulan por caridad. Los equipos de sonido no aparecen por generación espontánea. Los animadores, las activistas, los regalos, los carteles y toda esa maquinaria propagandística tienen un costo. Y alguien lo paga.

La pregunta, entonces, no es solamente cuánto cuesta una campaña, sino qué compromisos genera ese dinero. ¿Quién financia? ¿Qué espera recibir? ¿Qué intereses se ponen en juego? Nuestra memoria reciente ofrece suficientes razones para formular estas preguntas. Más de una autoridad ha terminado protagonizando escándalos que la ciudadanía conoció después de haber depositado en ella su confianza. La política tiene, entre otras virtudes, una curiosa capacidad para revelar sus verdades con retraso. Primero llega la promesa; después, cuando ya se ha entregado el voto, llega la factura.

La vieja frase sigue teniendo vigencia: la mentira tiene patas cortas. El problema es que, en política, a veces esas patas alcanzan para recorrer todo un periodo de gobierno.

Nuestra sociedad consumista parece haber encontrado en la campaña electoral un espejo perfecto. Consumimos productos, imágenes, emociones y ahora también candidatos. Se nos ofrece una solución para cada problema, una promesa para cada necesidad y un eslogan para cada frustración. La política se convierte así en un supermercado de expectativas.

Byung-Chul Han habló de la «sociedad del cansancio». Quizá habría que añadir una pregunta: ¿cuánto de nuestro cansancio procede también del permanente espectáculo de quienes pretenden gobernarnos? Los candidatos corren, bailan, gritan, saludan, prometen y vuelven a correr. Un activismo frenético que parece anticipar una forma de ejercer el poder: mucha actividad, mucha exposición y poca pausa para explicar cómo se hará realmente aquello que se promete. Porque prometer es sencillo.

Lo difícil es gobernar. Lo difícil es calcular. Priorizar. Presupuestar. Ejecutar. Evaluar. Reconocer límites. Decir que algo no puede hacerse todavía. Explicar de dónde saldrá el dinero. Admitir que algunos problemas no tienen soluciones rápidas. Y, sobre todo, asumir que gobernar no significa satisfacer inmediatamente todos nuestros deseos.

Pero quizá la campaña electoral tenga precisamente el efecto contrario: cuanto más complejos son los problemas, más simples parecen las respuestas.

Y mientras los candidatos compiten por nuestra atención, la ciudad comienza a pagar el precio del espectáculo. Postes, puentes, paredes y espacios públicos aparecen cubiertos de propaganda. Quienes transitamos diariamente debajo del bypass de la Variante de Uchumayo hemos podido observar cómo, de un día para otro, aparecen carteles de todos los tamaños, formas y colores.

Hace unos días, incluso, un pequeño incendio originado en un cúmulo de estos papeles arrumados terminó obligando a interrumpir el tránsito vehicular durante varios minutos. La propaganda que pretendía conquistar al ciudadano terminó convirtiéndose, literalmente, en basura. Y allí aparece otra ironía: quienes aspiran a

gobernar la ciudad pueden llenar sus calles de propaganda, pero no necesariamente estarán allí cuando haya que recogerla.

Aristóteles entendió la política como una dimensión esencial de la vida humana en comunidad. No se trataba simplemente de alcanzar el poder, sino de participar en la construcción de una vida buena y de un bien que fuera común. Hoy, sin embargo, corremos el riesgo de reducir la política a una competencia por conquistar miradas, votos y titulares. Una elección no debería ser el momento en que elegimos quién promete más. Debería ser el momento en que decidimos, con la mayor lucidez posible, qué proyecto de comunidad estamos dispuestos a construir.

El candidato puede tener cien vehículos detrás, mil carteles en las calles y miles de seguidores en las redes. Pero ninguno de ellos puede pensar por nosotros.

El voto sigue siendo silencioso. Y quizá esa sea su mayor fuerza.

Cuando termine el ruido, cuando desaparezcan las caravanas, cuando se retiren los carteles y los altoparlantes finalmente callen, quedará solamente una cosa: nuestra decisión. Ojalá, entonces, no gane el que más gritó. Ojalá gane el ciudadano que aprendió a pensar antes de votar.

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