Carlos Meneses, 90 años de vida y legado periodístico
Por Rocío Velazco C.
Carlos Meneses Cornejo, hoy cumple 90 años.
¡FELIZ DÍA MAESTRO!
A los 90 años, la vida de Carlos Andrés Meneses Cornejo no se mide en calendarios, sino en huellas. Huellas profundas en el periodismo, en la memoria de Arequipa y en generaciones de reporteros que encontraron en él no solo a un maestro, sino a un referente moral. Nacido el mismo día que Mario Vargas Llosa, bajo circunstancias casi paralelas —ambos atendidos por la misma partera inglesa conocida como Miss Pitcher—, su historia parece marcada desde el inicio por un destino singular, tejido entre letras, pensamiento y compromiso con su tierra.
Su cuna, su casa la segunda cuadra de la actual calle Melgar, a pocos pasos del monasterio de las carmelitas, se levanta la vivienda que vio nacer a generaciones de la familia Meneses. Más que una residencia, ese lugar es un símbolo vivo de la historia arequipeña. Allí se debatieron ideas, se gestaron posturas políticas y se tejieron decisiones que impactaron en la ciudad. En ese mismo espacio, Carlos aprendió que el pensamiento crítico no es una opción, sino una responsabilidad.
Heredero de una estirpe profundamente vinculada a la vida pública, lleva en la sangre el legado de su abuelo Andrés Meneses Pino, primer decano del Colegio de Abogados de Arequipa, y de su padre, Carlos Meneses, quien fue representante al Congreso Constituyente de 1931. Su historia familiar no solo está marcada por cargos y reconocimientos, sino por una intensa participación en los momentos cruciales del país. Aquella casa también fue escenario de conspiraciones políticas, refugio de debates y punto de encuentro de figuras que se oponían a decisiones que consideraban injustas para el Perú.
Pero más allá de la herencia, Carlos Meneses construyó su propio camino. Lo hizo desde el periodismo, con la firme convicción de que informar no es solo narrar hechos, sino interpretar la realidad con honestidad y valentía. En las redacciones, su presencia siempre fue sinónimo de exigencia y pasión. A quienes formó, los bautizó con nombres peculiares, como una forma de marcar cercanía, pero también de forjar identidad. A los periodistas de El Pueblo los llamó “Los Monstruos”, no como exageración, sino como reconocimiento a su capacidad de enfrentar la noticia con coraje.
Su amor por Arequipa es una constante en su vida. No la concibe solo como lugar de nacimiento, sino como un espacio que se elige y se vive. Para él, ser arequipeño no depende de la cuna, sino del compromiso con la ciudad. Esa idea, tan sencilla como profunda, ha marcado su manera de entender el periodismo y la ciudadanía. Ha defendido siempre una identidad abierta, construida desde la participación y el sentido de pertenencia.
En su vida personal, Carlos es también un hombre de fe y de convicciones íntimas. Afirma que la Virgen se le manifiesta a través de iluminaciones que han guiado sus decisiones, tanto en lo profesional como en lo personal. Puede sonar inusual en tiempos donde predomina el escepticismo, pero en él se traduce en una serenidad que inspira. Esa mezcla de espiritualidad y carácter firme ha sido parte de su esencia.
Junto a su esposa, Imelda Málaga Delgado, emprendió una de las tareas más significativas de su vida: la restauración de la histórica casa familiar. No fue solo un proyecto arquitectónico, sino un acto de amor por la memoria. Cada ambiente recuperado guarda historias, esfuerzos y decisiones que se tomaron con respeto por el pasado. En un gesto poco común, los padrinos de cada espacio fueron los propios trabajadores que participaron en la obra, reconociendo así el valor de quienes, con sus manos, devolvieron vida a ese patrimonio.
A lo largo de los años, esa casa ha seguido siendo punto de encuentro. Por sus salones han pasado autoridades, intelectuales y líderes, muchos de ellos en reuniones discretas, lejos del ruido público. La historia continúa escribiéndose entre sus muros, como si el tiempo no tuviera prisa en ese lugar.
Carlos Meneses también dejó su huella en la docencia. Aunque su paso por las aulas fue breve, su impacto fue profundo. En apenas seis meses, logró que sus alumnos comprendieran que el periodismo se aprende en la calle, escuchando a la gente, dialogando con quienes construyen la realidad. Los llevó a conversar con figuras clave del pensamiento y la política, ampliando su mirada y desafiando sus propias ideas. Para él, la formación no se limita a la teoría, sino que se nutre de la experiencia.
Entre las muchas historias que lo definen, hay una que resume su espíritu: el día que asumió el desafío de salvar el pie de un niño. No era médico, pero tampoco era indiferente. Solo aceptó hacerlo cuando sintió el respaldo de sus 55 alumnos, como si necesitara esa energía colectiva para enfrentar lo imposible. Y lo logró. Ese episodio revela a un hombre que no se detiene ante los límites, que entiende la vida como una responsabilidad compartida.
Hoy, al cumplir 90 años, Carlos Meneses no solo celebra una larga vida, sino una vida plena de sentido. No tiene hijos biológicos, pero se reconoce en cada periodista que formó, en cada joven que encontró en él una guía. Se siente parte de todos y todos se sienten parte de él.
Dice tener mala memoria, y agradece que así sea, porque le permite olvidar lo negativo y quedarse con lo esencial. Tal vez esa sea una de las claves de su longevidad: vivir sin cargas innecesarias, con la mirada puesta en lo que construye.
En tiempos donde la inmediatez parece imponerse, la figura de Carlos Meneses nos recuerda que el periodismo verdadero se edifica con paciencia, ética y compromiso. Su legado no está solo en lo que escribió, sino en lo que sembró.

Noventa años después, Arequipa no solo celebra su nacimiento. Celebra a un hombre que decidió, cada día de su vida, honrarla. Sus compañeros de diario El Pueblo le rendimos homenaje y gratitud.
