LITERATURA Y ARTE EN LA ERA DIGITAL

Por: Miguel Ángel Huamán

Los seres humanos por nuestra naturaleza comunitaria desarrollamos una capacidad espontánea de asumir el contexto de cualquier situación real o imaginaria. El «juego» de la convivencia en el mundo físico o en el plano comunicativo social exige una destreza innata para entender intuitivamente situaciones cotidianas variables. Esta habilidad constituye el primer recurso de nuestra inteligencia para determinar lo relevante y entender su significado implícito que guía la respuesta idónea para cada caso.

Este «sentido común» todavía resulta un grave problema irresuelto para los ordenadores que trabajan con reglas que indican lo que debe hacerse en cada caso, sin necesidad de entender su significado. Un enunciado como «necesitaba un socio sin escrúpulos como tú», cualquier interlocutor lo entiende como una broma o ironía de sentido común. Algo simple, pero ajeno a un ordenador incluso cuántico.

La inteligencia artificial responde en función directa de sus reglas o fórmulas algorítmicas que le inducen a desechar lo más sencillo porque no posee la capacidad de auto establecer lo pertinente o relevante.

«Hay una capacidad para la relevancia que caracteriza el conocimiento humano y que los dispositivos artificiales no parecen, hoy por hoy, ser capaces de reproducir del todo», en palabras de Innerarity. «La comprensión del mundo pasa, también y sobre todo, por la comprensión del contexto o del marco en que nos encontramos, e implica una capacidad de juzgar la relevancia de las situaciones».

Cuando Pablo Neruda escribe en el poema «Walking around» el verso «sucede que me canso de ser hombre» no se trata de una declaración explícita de homosexualidad. Precisamente, lo relevante es la condición de ser humano y no una opción sexual. Diferencia de sentido común que escapa a la comprensión del ordenador.

Retomemos las palabras de Innerarity: «La cuestión no es si las máquinas pueden pensar, sino si son capaces de entender relaciones de sentido. ‘Sentido’ es algo que no se obtiene bajo la forma de un patrón, porque incluye ambivalencia, zonas grises y paradojas. Este tipo de comprensión del sentido sólo se puede reconstruir en la práctica, es decir, con atributos como la empatía, la corporalidad y la instalación en el mundo».

Para un dispositivo que carece de corporalidad, cuyo acopio de información no incluye la capacidad de deducir los efectos negativos o perjudiciales a la actividad humana, ajena a sus parámetros, el sentido se reduce al significado. Por el contrario, la sabiduría consiste, más que en los datos o contenidos, en la comprensión de los efectos y consecuencias que el hacer de las palabras implican. El arte y la literatura no son discursos referenciales o constatativos, sino usos realizativos o simbólicos que buscan modificar las representaciones mentales de los interlocutores para diseñar nuevas posibilidades de significación.

A diferencia de la artificial, la inteligencia humana siempre posee una idea o visión global de lo que ha aprendido. Esta reflexividad constituye una forma básica de metaconocimiento, en base a este sabemos lo que ignoramos opuesto a lo que conocemos.

En palabras de Daniel Innerarity: «La cuestión primordial a este respecto es si se puede saber sin saber que se sabe; sí, pese a que hay muchas cosas que sabemos sin saber que las sabemos, el conocimiento en su sentido más profundo ha de estar abierto a la conciencia que se conoce». Esta reflexividad constituye un distintivo de nuestro conocimiento por comparación con el de una computadora.

Los ordenadores por muchos algoritmos o fórmulas que aprendan y manejen no tienen una idea propia de lo que saben o han aprendido. Mientras que los seres humanos sí porque nuestra memoria es activa y no pasiva: constata lo registrado y lo que no.

Frente a la afirmación de la carencia de reflexividad de las máquinas hay quienes sostienen que mientras den con soluciones poco importa. Objeción que se divide en dos opciones: Remo Bodei (2006) afirma que no les hace falta aclarar dicho punto, porque no habría tanta diferencia entre humanos y ordenadores en el sentido de pensamientos ciegos que subyacen en su programación interna o inconsciente.

«Existiría un tipo de automatismo en la inteligencia humana que puede ser objetivado e inserto en las máquinas calculadoras que operan análogamente a estos pensamientos ciegos». Se podría decir que los dispositivos «piensan» de manera «ciega» porque no necesitan esa conciencia.

Una segunda objeción a la falta de reflexividad de la inteligencia artificial radica en aseverar que serán capaz más adelante de «evolucionar» y conseguir esa cualidad de la que carecen. Lo que nos conduce a una nueva formulación: ¿se puede ser inteligente sin saberlo? Es decir, tenemos que abordar la siguiente limitación de las computadoras: el conocimiento implícito.

Punto clave porque la interacción simbólica del lenguaje humano patente en el arte y la literatura no se limita a la transmisión de información, sino a conseguir un efecto, un extrañamiento, una disidencia que induzca a un pensamiento crítico.

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