EL PODER DEL AMOR

Alba Arzobispo de
Arequipa
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Mc 15,34). Estas palabras de Jesús en la cruz revelan que Él no sólo se ve abandonado por sus apóstoles y discípulos, sino que se siente también abandonado por su Padre. El pecado aleja al hombre de Dios y lo sumerge en el vacío existencial. En la cruz, Jesús experimenta en su propia carne y en lo profundo de su ser las consecuencias de los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos. Se identifica con todos los abandonados y descartados del mundo. Se hace uno con ellos y carga sobre sí sus sufrimientos. Como hace unos días ha dicho el Papa León XIV: «Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy» (Homilía, 29.III.2026). Mujeres violentadas, niños abusados, ancianos y enfermos olvidados, hombres explotados, multitud de personas discriminadas, muchedumbres esclavas del pecado. En el grito de Jesús dirigido al Padre está contenido el llanto de todos ellos y de cuantos sufren a causa del pecado propio o ajeno.
La humanidad, atraída por los ídolos de este mundo, se aleja cada vez más de Jesús. Él, en cambio, aun cuando está atravesando por un sufrimiento físico y moral atroz, no nos abandona ni se separa de su Padre. Entra en la muerte, sin resistirse, «como un cordero llevado al matadero» (Is 53,7). No convoca a los ejércitos celestiales. No amenaza ni se defiende. Por el contrario, piensa en nosotros, en nuestra salvación y cuida de cada uno. Intercede por todos ante Dios, diciéndole «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34); al ladrón que apela a su misericordia le promete: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43); y a punto de morir nos entrega a la Virgen María para que sea nuestra Madre (cfr. Jn 19,27). Finalmente, con las palabras «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Jn 23,46) se entrega totalmente a Dios, que lo resucitará y glorificará, para después enviarnos ese mismo Espíritu y hacernos partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte.
¡Cuánta necesidad tenemos de Jesús en este tiempo marcado por la corrupción, la división y la inseguridad ciudadana, en el que, con el salmista, podemos decir: «violencia y discordia veo en la ciudad en su recinto crimen e injusticia, dentro de ella calamidades, no se apartan de su plaza la crueldad y el engaño» (Sal 55,10-12)! Como hace unos años dijo el Papa Francisco: «la valentía del encuentro y de la mano tendida son un camino de paz y de armonía para la humanidad, allí donde el extremismo y el odio son factores de división y destrucción» (Discurso, 30.III.2019). Contemplar y escuchar a Jesús en la cruz nos recuerda que Él es el Rey de la Paz que se entrega a la muerte porque «quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo» (León XIV, Homilía, 29.III.2026). Nos recuerda también que «no es el poder el que redime sino el amor el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores» (Benedicto XVI, Homilía, 24.IV.2005).
Unidos a Cristo crucificado en este Viernes Santo, pongamos a nuestro Perú en manos de Dios, que no defrauda.
