MÁS ALLÁ DE LA DISCIPLINA EDUCATIVA
Por: Ricardo
Lucano

El año escolar 2026 ya empezó, y con él vuelve una escena conocida: aulas llenas, docentes reajustando sobre la marcha y estudiantes tratando, a su modo, de habitar un espacio que no siempre los reconoce. Todo parece en orden, al menos en apariencia. Pero basta que algo se desacomode —una interrupción, una respuesta incómoda, un silencio demasiado largo— para que emerja lo de siempre: la disciplina.

No es la que duerme en los reglamentos, prolija y bien redactada, sino la otra: la que se juega en el cuerpo, en el gesto, en el cansancio acumulado del docente que ya no quiere discutir más. La disciplina como reacción inmediata: alguien rompe la norma, se le corrige y se continúa. Como si educar fuera, en el fondo, una forma de administrar interrupciones. Hay algo en esa rapidez que tranquiliza, que ordena, que da la sensación de control. Pero también hay algo que se pierde. Porque cuando todo se nombra como “indisciplina”, el mundo se simplifica demasiado, y lo que queda fuera —lo que no encaja en esa palabra— deja de importar.

Nombrar “términos” nunca es inocente. Ahí Foucault tenía razón, aunque a veces lo repitamos sin escucharlo del todo: las instituciones no solo organizan lo que hacemos, también deciden cómo lo entendemos. Decir “mal comportamiento” no es describir, es tomar posición; es cerrar, de antemano, otras formas de mirar. Y, sin embargo, la escuela insiste: insiste en mirar rápido, en clasificar, en corregir. Tal vez porque detenerse cuesta, porque implica abrir una pregunta incómoda y más trabajosa: ¿qué está diciendo ese estudiante que no logramos escuchar?

Porque el que interrumpe no siempre desafía. A veces no entiende, a veces no conecta, a veces carga algo que no está en el aula, pero que igual se hace presente en la carpeta. Para ver eso, sin embargo, hay que hacer algo que la escuela no siempre permite: detener el impulso de corregir.

La escuela ya no es la misma, y seguir tratándola como si lo fuera es, en el fondo, una forma de no querer verla. Hoy es más diversa, más tensa, más atravesada por historias que no caben en ningún reglamento. Por eso, responder de manera automática ya no alcanza. No se trata de eliminar la norma, sino de dejar de usarla como único recurso. Porque cuando todo se reduce a corregir, la pedagogía se vacía y se vuelve trámite.

El cambio empieza en un gesto pequeño, pero decisivo: aprender a sostener la mirada un instante más antes de actuar. Detener el impulso de sancionar para intentar comprender. Eso no debilita la autoridad; la transforma. La vuelve más consciente, más situada, más capaz de leer lo que ocurre realmente en el aula. Y esa lectura no le corresponde solo al docente: compromete también a la institución, a las familias y a todos los que forman parte de la experiencia educativa.

Asumir esto implica un desplazamiento incómodo, pero necesario: dejar de ver al estudiante como un problema a corregir y empezar a entenderlo como una experiencia humana que exige ser interpretada. Porque, muchas veces, lo que llamamos indisciplina no es otra cosa que un lenguaje que aún no sabemos leer. Ahí, en esa disposición a mirar de otra manera, comienza un cambio real: no en la norma, sino en la actitud; no en el control inmediato, sino en la capacidad de comprender antes de juzgar. Y es precisamente en ese punto —frágil, exigente, profundamente humano— donde la educación deja de repetirse “como antes” y empieza, por fin, a transformarse.                         

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