Cine: “Ajayu”

Por: Paredes Benavides Julio César

El séptimo arte, con su característica capacidad de capturar la esencia de las culturas y narrar historias que trascienden, han sido un medio poderoso para explorar las complejidades de la búsqueda de identidad. En este contexto la película independiente boliviana «Ajayu» se erige como una obra fascinante que nos lleva a un viaje trascendental a través de ver a la muerte en contexto cinematográfico. El significado de «Ajayu» (alma) ofrece una conexión con la cosmovisión andina y su particular interpretación de la muerte.

Inspirados por la profunda conexión entre vida y muerte en el altiplano boliviano, la riqueza cultural y la memoria colectiva de las comunidades altoandinas es utilizada como premisa del diseño compositivo-conceptual.

Este comentario se divide en dos líneas que se complementan y permiten una aproximación al fenómeno cultural de la muerte y su representación cinematográfica. La primera, de naturaleza más teórica, se apoya en las raíces de la arquitectura funeraria y como su evolución temporal. En este contexto estas expresiones arquitectónicas son manifestación material del sentir de la comunidad frente a la perdida de los protagonistas de este cortometraje. Siguiendo con esta idea, los espacios funerarios no son solamente espacios de duelo, sino también una conexión con otros familiares ya fallecidos que puede ser el puente entre lo terrenal y lo trascendental. Esta perspectiva interdisciplinaria, guiada por el diálogo entre historia, filosofía y antropología, nos permite superar la rigidez del análisis estructural para adentrarnos en un campo más amplio, donde el espacio fúnebre se convierte en un vehículo de significados.

La segunda línea de trabajo, se orienta el reconocimiento «in situ» de los cementerios del altiplano. El análisis gráfico, la fotografía y clasificación tipológica, buscan captar la esencia de estos lugares como se presenta en el corto «Ajayu». Con esta puesta en el filme se representa los escenarios y las tradiciones como algo vivo. Los espacios, dan vida a los rituales, disposición de materiales y símbolos que condensan una concepción del más allá que no solo se pierde con el tiempo, sino que se transforma con las practicas contemporáneas.

Al extrapolar estas premisas de diseño y memoria hacia el ámbito cinematográfico, puedo decir que «Ajayu» de Francisco Ormachea, es una obra que dialoga con la lógica cultural, identidad y espiritualidad.

La historia se centra en Andrés y su hija Leonora, que son hallados sin vida a orillas del Lago Titicaca, un escenario que ya de por si carga un significado mítico en la tradición andina. Se desarrolla en su entierro, acompañado de las posesiones más significativas de ambos. Así mismo la comunidad le da sus propios encargos para sus muertitos, como cartas u otros objetos que quieran hacer llegar a esos parientes.

Según la cosmovisión representada, este viaje que emprenden está determinado por las acciones realizadas en vida: un camino tortuoso para Andrés, cargado de críticas y culpas por arrastrar a ese destino a su hija, frente a uno ligero y sereno para Leonora, cuya inocencia infantil la libra de la carga de la muerte.

Podemos considerar esta concepción como un paralelo con la tradición cristiana occidental. En Ajayu, cada elemento visual está cargado de significación: el lago como espejo de lo sagrado, el movimiento del agua como signo de liberación espiritual, los rituales como actos de mediación entre mundos, y las montañas como guardianes de la memoria ancestral. La película, al igual que los cementerios altoandinos, funciona como un receptáculo de la memoria colectiva, donde la muerte se concibe como tránsito, continuidad y pertenencia.

Desde esta perspectiva, “Ajayu” se puede clasificar no solo como una narración fílmica, sino como una conexión directa con la cosmovisión andina en el marco del cine independiente de Bolivia. La obra rechaza la homogeneidad cultural e invita a conocer la pluriculturalidad de experiencias en torno a la muerte, cuestionando que haya solo una manera legitima de vivir lo espiritual.

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