Pero si soy un encanto
SIN AMBAGES

El vecino, o su amigo, que llega a las dos de la mañana a la casa de al lado con la música a un volumen tan alto como se lo permiten los parlantes de su auto. Despierta a todos y él lo sabe, pero, claro, no le importa. Es más, puede pensar que el despertarlos es incluso algo conveniente, porque los vecinos molestos se acercarán a la ventana y seguro que lo verán en el auto que acaba de comprar —y que a nadie le importa— y pensará que esa mirada está atravesada por la envidia por su auto —pero no, en realidad, a nadie le importa—. La música no le gusta a nadie —y el auto tampoco, aunque aquí lo importante es lo primero—, pero, como a él le encanta, cree que todos son unos aburridos y que en lugar de haber estado durmiendo, les hubiera gustado ser parte de la escena con la música a demasiado volumen. Y no.
Es solo un ejemplo de cuando, por un momento, algunas personas disfrutan de ser el centro de atención, o creen serlo. De una u otra manera, sienten una gran satisfacción y piensan —en sus cabecitas ingenuas— que han ganado la admiración de quienes los rodean. Hasta ahí, esto da para tema de conversación o para caso de estudio y, por último, para «rajar» con un café. Claro, la intención no es dar un diagnóstico, pero sabemos de qué características estamos hablando. Entonces, esas actitudes pueden ser del jefe pesado o las del colega insoportable, y con ambos solo tenemos que lidiar durante la semana. Antipáticos, claro, pero bueno… unos cuantos halagos si fueran necesarios, un «tienes razón» y un «¡qué maravillosa idea has tenido!» y se puede terminar la semana sin sobresaltos. Sin embargo, el problema aparece cuando estas personas llegan al poder.
Sus decisiones, sus declaraciones, el trato a los periodistas, por ejemplo, podrían ser no solo de quien piensa que nadie sabe más y que nadie haría nada mejor, sino de quien cree que nadie es más importante. Además, da la impresión de que olvida que es un funcionario sirviendo a la ciudadanía y termina sintiendo que, aunque sin título de propiedad, es propietario de todo —y todos— y puede disponer a discreción, causando daños a muchos, a todo un país o —ya lo hemos visto— al planeta entero.
Por supuesto, antes de asumir el cargo, estas características no necesariamente son perceptibles y, si lo son, podrían verse como parte de una personalidad curiosa o de quien «dice las cosas como son». De una u otra manera, no será hasta que llegue al poder cuando aparezcan en grandes cantidades; sin embargo, resulta un poco difícil reconocer a quien va a derrochar narcisismo una vez que pase la ceremonia de juramentación. Entonces, lo que nos queda es observar cuidadosamente, considerar las propuestas y analizar sin idolatría cegadora, porque ya tenemos suficientes ejemplos de quienes creen ser encantadores y no, no lo son.
