Crecer sí, pero también prepararse para envejecer
Por: Carlos Meneses
Arequipa tiene hoy la oportunidad de demostrar que el desarrollo no se mide únicamente por el número de habitantes, edificios o inversiones. También se mide por la capacidad de garantizar una vida digna para todas las generaciones. Porque crecer sin planificar el envejecimiento sería avanzar hacia un futuro lleno de nuevas brechas y desigualdades.
Arequipa acaba de superar los 1.8 millones de habitantes y con ello reafirma una realidad que desde hace varios años resulta evidente: la región se ha convertido en el principal polo económico, urbano y académico del sur del país. Miles de jóvenes provenientes de Puno, Cusco, Apurímac, Moquegua y Tacna llegan cada año buscando oportunidades de estudio, empleo y progreso. La Ciudad Blanca sigue siendo vista como una tierra de posibilidades.
Sin embargo, detrás de esta cifra alentadora aparece un fenómeno que no puede pasar desapercibido: mientras la población crece, también envejece. Arequipa ya no es únicamente una región de expansión urbana y migración juvenil; empieza también a ser una sociedad donde aumenta el número de adultos mayores y disminuye progresivamente la tasa de natalidad. Ese cambio demográfico plantea retos mucho más complejos que la sola necesidad de construir viviendas o ampliar avenidas.
Durante décadas, el debate público se concentró en cómo responder al crecimiento poblacional: más colegios, más hospitales, más agua potable y más transporte. Pero hoy la discusión debe incluir otra preocupación igual de urgente: cómo preparar una ciudad para una población cada vez más adulta y con mayores necesidades de salud, seguridad social y cuidado.
El envejecimiento poblacional ya se refleja en distintos espacios. Cada vez son más las familias conformadas por adultos mayores que viven solos o dependen económicamente de hijos que migraron. Los hospitales registran una creciente demanda de atención especializada para enfermedades crónicas, mientras que el sistema de salud todavía muestra enormes limitaciones para responder a esa nueva realidad.
La expansión urbana tampoco ha sido pensada para una ciudad que envejece. Muchas calles continúan siendo inaccesibles para personas con movilidad reducida, el transporte público no está adaptado y los espacios públicos carecen de infraestructura adecuada para garantizar inclusión y calidad de vida. En otras palabras, Arequipa sigue creciendo físicamente, pero no necesariamente se está preparando humanamente para el futuro.
Al mismo tiempo, la llegada de jóvenes universitarios y trabajadores mantiene activo el dinamismo económico regional. La minería, el comercio, el turismo, la construcción y los servicios continúan consolidando a Arequipa como uno de los principales motores económicos fuera de Lima. Ese potencial, sin embargo, debe traducirse en una mejor planificación urbana y social.
Las autoridades locales y regionales no pueden seguir actuando únicamente bajo la lógica de resolver urgencias inmediatas. Se necesita una visión de largo plazo que combine crecimiento económico con sostenibilidad y bienestar social. El reto no es solo administrar una región más grande, sino construir una región más preparada para convivir con nuevas realidades demográficas.
