Polarización que hace daño
Por Carlos Meneses
La ciudadanía tiene también una responsabilidad. Votar no debe significar romper familias, amistades o comunidades. El país necesita menos fanatismo y más madurez democrática. La polarización solo deja un Perú más frágil, más enfrentado y con menos posibilidades de avanzar.
El Perú vuelve a enfrentar una elección marcada por la confrontación política, los discursos extremos y una creciente división entre ciudadanos. La segunda vuelta presidencial, lejos de convertirse en una oportunidad para el debate de propuestas y consensos, ha profundizado la polarización que desde hace varios años debilita la democracia, deteriora la convivencia social y afecta la estabilidad institucional del país.
La polarización no es únicamente una diferencia de opiniones políticas, algo natural en cualquier democracia. El problema aparece cuando esa discrepancia se transforma en intolerancia, odio y descalificación permanente. Hoy el país parece dividido en bloques irreconciliables donde el adversario político deja de ser un competidor democrático para convertirse en un enemigo al que hay que destruir.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. La desinformación, los ataques personales y las campañas basadas en el miedo reemplazan muchas veces el debate serio sobre seguridad ciudadana, empleo, salud, educación o reactivación económica. En lugar de discutir cómo resolver los problemas del país, se promueve un clima de enfrentamiento que termina afectando a toda la sociedad.
Las segundas vueltas presidenciales suelen intensificar esta situación. El sistema obliga a escoger entre dos opciones y eso genera campañas mucho más agresivas, donde prevalece el antivoto antes que el respaldo convencido a una propuesta. El Perú ya vivió escenarios similares en elecciones anteriores, con resultados ajustados que dejaron heridas políticas difíciles de cerrar.
Las consecuencias son evidentes. Gobiernos que llegan al poder con escasa legitimidad social, oposición radical desde el primer día y una ciudadanía agotada de conflictos permanentes. La inestabilidad política de los últimos años es reflejo de esa incapacidad para construir acuerdos mínimos entre sectores distintos.
El daño de la polarización no termina el día de las elecciones. Continúa después, en el Congreso, en las calles y en las instituciones. La confrontación permanente paraliza decisiones importantes, retrasa reformas necesarias y profundiza la desconfianza ciudadana hacia la política y la democracia.
El país necesita recuperar el sentido del diálogo. Ningún candidato representa por sí solo a todo el Perú. Gobernar exige escuchar incluso a quienes piensan diferente. La democracia no se fortalece eliminando al adversario, sino aprendiendo a convivir con posiciones distintas dentro del respeto institucional.
Las actuales elecciones deberían ser una oportunidad para reflexionar sobre el país que queremos construir. Más allá de quién gane la Presidencia, el Perú seguirá enfrentando enormes desafíos: inseguridad, pobreza, informalidad, crisis educativa y desconfianza institucional. Ninguno de esos problemas podrá resolverse en un ambiente de odio y división permanente.
