Abandono y consumo desmedido de alcohol en el Centro Histórico

CALLE CONVERTIDAS EN CANTINAS

El corazón de la Ciudad Blanca atraviesa una de sus crisis en términos de convivencia social y seguridad ciudadana. Durante los últimos meses, diversas calles del Centro Histórico se han transformado en improvisados «bares» y «cantinas» al aire libre, donde jóvenes y adultos consumen licor sin restricciones, especialmente durante los fines de semana bajo el amparo de la noche.

Esta situación no solo degrada el valor patrimonial de la zona, sino que ha convertido calles emblemáticas en lugares sumamente inseguros. Mientras el consumo de bebidas alcohólicas se normaliza en las veredas, en sectores aledaños se reporta un incremento de robos, asaltos y grescas callejeras que empañan la tranquilidad de propios y extraños.

La capacidad operativa de las autoridades parece haber llegado a un punto de saturación preocupante. Tanto los efectivos de la Policía Nacional del Perú (PNP) como el personal de serenazgo de la Municipalidad Provincial de Arequipa (PNP) se ven, por momentos, superados por la magnitud de las faltas, quedando cortos en sus esfuerzos por controlar los desmanes que se originan en el núcleo urbano.

Ante este escenario, las quejas de los vecinos han pasado de ser aisladas a convertirse en un clamor constante. Los residentes de la calle Villalba y las zonas cercanas al puente Grau señalan que la presencia de bebedores es un problema latente que amenaza la integridad de quienes deben circular obligatoriamente por estos sectores para retornar a sus hogares.

La vulnerabilidad es más evidente en los puntos de embarque de transporte público (puente Grau). Decenas de personas que esperan sus unidades con destino a distritos como Cayma, Cerro Colorado y Yura, se ven obligadas a presenciar escenas de degradación en los portales del Mirador de Villalba, donde grupos de sujetos liban en las mismas bancas destinadas al descanso de los ciudadanos.

Sin embargo, el Mirador de Villalba no es el único foco de inseguridad. El mapa delictivo del Centro Histórico identifica áreas limítrofes y de gran afluencia como puntos críticos. El sector del puente Grau y sus alrededores destaca por la falta de iluminación adecuada en horas estratégicas, lo que facilita el accionar de delincuentes que acechan a los transeúntes.

La vía pública es utilizada como si fuera una cantina, pues algunas personas consumen bebidas alcohólicas y realizan sus necesidades fisiológicas en el lugar.

La delincuencia ha marcado su territorio en intersecciones específicas que hoy son sinónimo de riesgo. Cruces como Peral con Ayacucho, y vías como Alto de la Luna, Siete Esquinas y Dos de Mayo, son reconocidos por la alta incidencia de hurtos y asaltos al paso, obligando a los ciudadanos a transitar con un estado de alerta permanente.

Incluso los barrios con mayor potencial turístico no se salvan de esta ola de inseguridad. El tradicional Barrio de San Lázaro, pese a su belleza arquitectónica, ha registrado incidentes de violencia y asaltos en las inmediaciones de su histórica iglesia y plazuelas, afectando directamente la imagen de la ciudad ante los visitantes.

La periferia del Cercado también presenta un panorama sombrío. Zonas como la plaza España, la avenida Independencia y la avenida Jorge Chávez concentran una gran cantidad de personas y comercio ambulatorio. Este flujo desordenado de gente es aprovechado por «arrebatadores» que ejecutan hurtos oportunistas en medio del caos vehicular y peatonal.

En el análisis de las autoridades de seguridad ciudadana, los delitos como el «arranche» y el hurto ocurren con mayor frecuencia en zonas de baja vigilancia. Las estadísticas apuntan a los tramos finales de las calles Ayacucho y Peral, así como al cruce comercial de Jorge Chávez con Víctor Lira, como los lugares donde el ciudadano es más propenso a ser víctima de un delito.

Las modalidades delictivas se han vuelto más agresivas y diversas. Los delincuentes operan principalmente bajo la modalidad del «cogoteo», que implica el estrangulamiento temporal de la víctima, y el «mochilero», quienes aprovechan cualquier distracción para abrir bolsos y mochilas en lugares aglomerados o calles oscuras.

Si bien el cuadrante más turístico —compuesto por la Plaza de Armas, la calle San Francisco y el Monasterio de Santa Catalina— cuenta con mayor resguardo, el peligro se dispara después de las 23:00 horas. En ese momento, el riesgo de sufrir robos oportunistas aumenta drásticamente para quienes deciden prolongar su estancia en el centro.

En horas de la noche las calles del centro Histórico son convertidas en botadores de desechos.

El deterioro físico de la ciudad es el reflejo de esta falta de control. Los portales del Mirador de Villalba presentan hoy una imagen desoladora: los asientos y ornamentos de sillar están cubiertos de grafitis, mientras que el suelo permanece inundado de vasos de plástico, botellas vacías y desechos humanos, dejando en evidencia el abandono institucional.

La acumulación de basura y los malos olores completan un cuadro de insalubridad que ahuyenta el turismo y castiga al residente. La falta de una vigilancia sostenida y de sanciones drásticas contra quienes liban en la vía pública ha permitido que el Centro Histórico pierda su brillo, convirtiéndose en un escenario de riesgo y descuido.

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