Los empedernidos
Por: Willard Díaz
Jhonatan Segura es probablemente uno de los mejores escritores menos conocidos del siglo XXI arequipeño. Su primer libro de cuentos, “Los empedernidos” (2019, La travesía Editora) tuvo una edición muy corta y mal distribuida. Otros narradores, menos valiosos y más afortunados, desplazaron a lo largo de la década al primer cuentario de Segura llevándolo hacia el margen de los relegados.
Segura nació en 1982, según la bio de la solapa. Los cuentos de “Los empedernidos” fueron escritos antes de 2019, corregidos durante la pandemia y publicados en la edición final en 2021. Esto es, cuando el autor se acercaba a sus cuarenta años. Dato importante, pues no se trata propiamente de escritos juveniles.
Por el texto de solapa nos enteramos de que Jhonatan Segura ha sido colaborador durante una década de la sección policial del semanario El Búho, lo cual permite intuir los orígenes de algunas de sus historias más violentas. Es, además, fotógrafo, nos dicen. Después de “Los empedernidos” ha publicado otro libro de cuentos, “Los empaladores del río Avión” (NN, sin fecha), y en 2022 un tercer libro, “Expatris” (Cíclope ambicioso). Parece poco probable que muchos conozcan esta importante producción.
“Los empedernidos” tiene un breve comentario en la contratapa firmado por la notable narradora peruana Kathia Adahui: “Un libro tan extraño —escribe—, experimental, que transita entre el estupor de estar vivo y el desencuentro cotidiano; los desamores y la rabia ante la muerte y el paso del tiempo. Solo nos queda salvar el día, nos dice Segura, empedernido”. El interior nos ofrece trece cuentos fantásticos, que empiezan por “Alfa” y acaban en “Omega”.
“Empedernido” según el Diccionario de la RAE es aquel “Que tiene un hábito o una costumbre muy arraigados”. Probablemente el sustantivo en este libro se refiere a los protagonistas del conjunto de cuentos. Cuentos de personaje más que de historia, presentaciones de seres raros, enigmáticos, perturbadores que nos recuerdan por algún motivo a los personajes de Boris Vian.
“Empedernidos” serán porque persisten en sus furores, sus extravagancias, sus recursos fantásticos. El plural puede que aluda a los lazos que se trazan de un cuento a otro, en que se repiten, reaparecen personajes o situaciones que al final instilan en el lector una sensación de totalidad y clausura.
“Alfa”, nos presenta al señor G. (Muchos de los cuentos nombran a los personajes por letras o por apodos). Este primer recurso ya nos remite a un espacio abstracto, poco realista, en el cual debemos aprender a movernos desde las primeras páginas. El señor G es un empresario, no sabemos en qué, tacaño y abusivo, odiado por sus trabajadores. El narrador omnisciente relata los deseos venenosos de los humillados: “lo imaginaban no muerto, sino pobre, en la ruina, hecho escombro, limpiándose el culo contra el asfalto como un perro, y, como tal, bebiendo agua de charco y durmiendo en la calle”. Para su alivio, idean un concurso clandestino de predicción, sobre cómo morirá el señor G.
El señor G muere de la manera más casual, asaltado por un mendigo esquizofrénico exempleado bancario echado por desfalco, que en la noche, frente a la puerta del Banco Internacional, enloquecido “se colgó de él como un chimpancé para morderle, golpearle y pisarle la cara hasta desaparecer su gesto desangelado en una masa de pelo, sangre y carne”. Este hecho le parece al narrador “movido por una mano, aunque azarosa, trajeada con el color de las venganzas ordenadas”.
En este punto del relato, en el párrafo final, el narrador cambia, pasa de ser externo a la historia contada, a interno, narrador personaje, que cuenta la excepción, la única vez que G mostró un poco de humanidad, cuando llevó a no sabemos quién a ver un partido de fútbol, “Aquella tarde fue la única vez que dejó de lado y de forma manifiesta su gusto por la soledad. Fue la única vez que lo escuche cantar una victoria que no se produjo en sus cuentas bancarias, sino gracias a un insólito gol de nariz que reveló su recóndita sonrisa”. Gol de nariz, para reírse sin duda.
Este final redondea la imagen del señor G como el primero de los empedernidos caracterizados en el conjunto, no como caricaturas sobre papel sino como humanos llevados, por alguna determinación externa más que por decisión propia, hacia la desventura, al fracaso, al dolor y la vergüenza.
El segundo cuento, “La carnicería del Mustang rojo”, caracteriza a Dora, quien huye en el viejo Mustang rojo llevándose el pene de su pareja, llamado Triste Trópico, cercenado por infiel. Lo fantástico es que el pene en lugar de morir adquiere vida propia, crece, excita la imaginación de Dora y al final empieza a retoñar un nuevo varón. Triste Trópico buscará la ayuda de su amante, Amalia, pero para ellos no hay solución.
El cuarto cuento de la lista lleva el título del libro, “Los empedernidos”. Los personajes aquí son una pareja: V, mujer, y T, varón. Ella empedernida en el orden; él, en el desorden. Ella suele visitar la casa de su madre por temporadas, al volver siempre halla la habitación que comparte con su amante hecha un revoltijo sucio y desordenado. Hasta que un día explota de ira, destroza todo y de paso destroza a T, lo descuartiza y se lo lleva luego en pedazos a un restaurante, a celebrar el séptimo aniversario de la pareja.
Uno de los tres mejores cuentos del libro, a mi parecer, es el siguiente, “La fiebre babeliana”. Otros dos empedernidos, Landy y Grappé, esposos, mayores, atrapados en el mutismo de la sospecha a su edad, como en la fiebre de Babel hablando idiomas diferentes, sin comunicación. El desenlace es otra vez fantástico y, al mismo tiempo, poderosamente metafórico, como la mayoría de las historias de este notable libro.
El próximo sábado 01 de agosto tendré ocasión de ampliar estos comentarios en la Jornada Académica “Arequipa lee, Arequipa habla”, en el primer patio de la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa; a las 10:30 de la mañana. Una bonita manera de empezar las fiestas del mes de Arequipa. Están todos invitados.
