¿CÓMO ES POSIBLE EL PERDÓN?

del Rio Alba
El Evangelio de este domingo (Mt 18,21-35) parte de una pregunta del apóstol Pedro a Jesús: «Maestro, si mi hermano me ofende ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?», a lo que Él le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», lo que significa: siempre. El domingo pasado, Jesús nos habló de la importancia de corregir a un hermano, es decir a un miembro de la comunidad, cuando peca, y nos enseñó el modo de hacerlo. Hoy nos revela cuál está llamada a ser la actitud del cristiano cuando un hermano lo ofende, por ejemplo, con un maltrato, una difamación o calumnia. Y nos lo revela a través de una parábola: un señor perdona a uno de sus siervos una deuda de diez mil talentos, que equivalen a unas 300 o 400 toneladas de oro que, evidentemente, el siervo no tenía modo de pagar; pero, pese a haber sido así perdonado, este siervo no perdona a otro una deuda de cien denarios, equivalentes a sólo unos 15 gramos de oro, sino que hace que lo metan en la cárcel hasta que le pague lo que le debe; enterado de lo cual, el señor le reprocha por no haber tenido compasión de su compañero, como el señor la había tenido con él, y lo entrega a los verdugos hasta que pague toda la deuda. Jesús concluye la parábola diciendo: «Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Como Jesús mismo lo dice, esta parábola está referida al Reino de los Cielos. Dios ha pagado la deuda infinita de nuestros pecados, que nosotros jamás hubiéramos podido pagar, no sólo para que no suframos la condenación eterna sino para que vivamos eternamente con Él y en Él en el Cielo, gozo infinito. Lo ha hecho asumiendo nuestra naturaleza humana, es decir haciéndose hombre, y muriendo por nosotros en la cruz. Así lo anunció el mismo Jesús en la Última Cena cuando, tomando la copa de vino, dijo: «Beban todos de ella, porque esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26,28).
La parábola de este domingo, entonces, nos revela en primer lugar que Dios es rico en misericordia y que está siempre dispuesto a perdonarnos cuando nosotros tomamos conciencia de nuestros pecados y, arrepentidos, volvemos a Él. Y este es el punto de partida que hace posible que también nosotros perdonemos a aquellos que nos ofenden en la vida cotidiana: en la medida en que vamos tomando conciencia del inmenso amor de Dios, que perdona nuestros pecados, y permanecemos en Él, brota en lo profundo de nuestro ser el amor a los hermanos y, por tanto, el perdonarlos cuando nos ofenden (cfr. 1Jn 4,16-21; Col 3,12-13). He aquí el problema del siervo despiadado de la parábola: seguramente fue consciente de que se quitó una enorme deuda de encima, pero no tomó conciencia de la compasión que su señor tuvo con él. Pensó sólo en él, no en su señor, y por eso terminó sin alcanzar su perdón. Dicho en otras palabras: «Dios es un Dios que perdona porque ama a sus criaturas; pero el perdón sólo puede penetrar, sólo puede ser efectivo, en quien a su vez perdona» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, p. 193).
