Una historia sobre sectas, coartadas y mafias
Por Orlando Mazeyra Guillén

EL ABORTO DE LOS SANTOS VARONES

—Van a desaparecer a los Santos Varones —sentenció Estela luego de leer la noticia sobre el lavado de activos dentro de esa sórdida institución (el Concordato al parecer sirvió para llenarse de miles de millones con cementerios, inmobiliarias, mineras, colegios, universidades, etcétera). Sin embargo, había turbación y desencanto en sus palabras. Una creciente incomodidad que tú no podías (pero querías) entender.

            —¿Y acaso eso está mal? —le preguntaste inquieto.

            —No, claro que no, Luis Fernando —repuso contrariada—. Pero lo peor, viene después.

            —¿Lo peor? Explícame, Estela.

            —La gente, cada vez más, va a dejar de creer en Dios…

            —Entonces la religión católica también va a desaparecer.

            —No, espérate un ratito —retrucó ella—. Primero, van a dejar de creer en el magisterio de la Iglesia.

            —Pásamelo a limpio, por favor —le pediste.

            —O sea, cada vez habrá menos y menos vocaciones religiosas.

            —Menos curas y, en consecuencia, menos niños y niñas violados.

            —Entiende una cosa —te conminó—: ¡Dios no estuvo nunca dentro de esa secta!

            Estela conocía personalmente a varios ex Santos Varones de Cristo que habían pisado la tristemente célebre casa de playa de la capital. “¿Cómo podía estar Dios presente en aquel lugar si abusaban de los muchachos delante de crucifijos e imágenes de santos?”, se preguntaba Estela. Se trataba, pues, de una organización demoniaca y punto. Mefisto, para variar, haciendo de las suyas. Contaban que a un muchacho lo obligaron a tener relaciones con ¡una silla!

            —¿Cómo así los conociste?

            —Yo había llegado tarde a una reunión de fraternidad de los Santos Varones. Hubo una misa que me perdí, apenas alcancé a la recepción y a los bocaditos; pero me topé con protestas en las afueras. Los ex Santos Varones tenían pancartas, megáfonos y lanzaban proclamas en contra del fundador que ahora está escondido en Italia. Entonces me puse a escucharlos con atención: todos los testimonios eran realmente conmovedores.

            “¿Cómo puedes trabajar en una organización que encubre a depredadores sexuales?”, le preguntaban con un tono airado.

            —Yo no sé nada de eso —aclaraba ella sin perder la compostura—. Pero creo en Dios y en su justicia.

            —Entonces, en nombre de Dios, ayúdanos y sácate de una vez la venda de los ojos —le pidieron—. Necesitamos llegar al corazón de todos para que se sepa la verdad.

            —Lo haré, se los prometo —dijo Estela.

            Le pidió a su jefe, el señor Sumerinde (director de la revista Hallazgo), investigar sobre las denuncias contra los Santos Varones. El “NO” fue tajante y con mayúsculas. “No te metas en eso, estás advertida: sería un autogol, ¿queda claro?”.

—Olí el miedo en mi jefe —te cuenta mientras tú piensas en el aroma desagradable que despide el azufre—. Entonces supe que todo lo que se decía era verdad.

            —Yo también conocí a un antiguo Santo Varón —recordaste de súbito—. Mi amigo Pepe: él escribió un libro donde hablaba de su horrible experiencia.

            —¿Y qué tal libro?

            —Lamentablemente salió durante la pandemia y no tuvo los lectores ni la difusión que se merecía.

            —Pero ¿qué recuerdas?

            —Hablaba de unas reuniones semanales en la calle Jerusalén: cantaban “Cara al sol” antes de hablar de cómo enfrentaban el problema del sexo.

            —¿Problema? —te preguntó Estela con un tono burlón.

            —Se avergonzaban de sus calenturas. Confesaban, por ejemplo, que se masturbaban viendo pornografía en internet o pensando en el poto de alguna vecina o enamorada. Pero a pesar de todo, la consigna mayor era no fornicar. Su lema de lucha era: “Por el orto no hay aborto”…

            —Esto de los Santos Varones va a terminar siendo eso —concluyó Estela.

            —¿Qué?

            —Un aborto.

            —No creo que sea tan fácil la supresión —le dijiste escéptico—. Tienen mucho poder, van a usar cualquier estratagema para seguir vivitos y coleando…

            —Hasta Vargas Llosa, luego de leer el libro de Salinas, dijo que la secta debería ser clausurada. ¿No recuerdas?

            —Seamos realistas, Estela. A estas alturas del partido, ¿quién le hace caso a los consejos de Vargas Llosa? Ahora es capaz de mandar a los argentinos a votar por el termocéfalo de Milei…

            —Es cierto, pero eso no quita que en el caso de los Santos Varones de Cristo tenga razón.

            —Y tú también —acotaste.

            —¿Yo?

            —Sí, lo de los Santos Varones es sólo la punta del iceberg. La iglesia católica está dando sus últimas boqueadas. Su derrumbe va a ser lento y puede durar un buen tiempo, pero ya está en el ocaso. Es inexorable.

            —¿Eso te parece positivo? —te preguntó evidentemente desasosegada.

            —No —repusiste—. Mis padres son católicos y mis abuelos también lo fueron.

            —¿Y tú por qué te alejaste de la religión?

            —Por muchas razones —le dijiste y, de pronto, recordaste aquella tarde en que desesperado, cruzando el Puente de Fierro a la carrera, llegaste a la iglesia de los Capuchinos a pedirle a un cura barbado que te ayudara porque tu padre era alcohólico y la situación en casa era insostenible: “Padre, necesito que usted o Dios me ayuden”, le rogaste antes de contarle tu drama familiar. El tipo de la sotana se mostró incrédulo y te diste que cuenta de que pensaba que tú querías sacarle dinero. Te indignaste y te fuiste decepcionado. Otra vez de vuelta a casa, sin tener noticias de Dios.

            —Yo quería ser monja —te confiesa Estela.

            —¿Y qué pasó?

            —Cuando se lo conté a papá, él rompió todas las ventanas de la sala antes de decirme que no había cielo ni infierno, que las cosas se decidían acá… que los conventos ocultaban horrores peores que los de las calles más peligrosas de Arequipa. “¿Me entiendes, mierda?”, me preguntó a los gritos. Le dije que sí y nunca más volvimos a hablar del tema.

            —Mi mamá también quiso ser monja —le contaste— y mi abuelo tampoco le dejó ir al convento. De no ser por él, yo no estaría acá.

            —¡Gracias a Dios, Luis Fernando! —exclamó ella y te dio un beso.

            «Dios», pensaste compungido, «¿en dónde rayos estás? No tardes mucho que los malos, tomando tu nombre, están cometiendo las peores fechorías y los más horrendos ultrajes». El diablo, desde hacía un buen rato, estaba ganando el partido por goleada.

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