Cuando votar deja de ser prioridad
Por: Carlos Meneses
El reto es claro: no basta con organizar elecciones eficientes ni con reducir cifras de ausentismo. Es urgente reconstruir el valor del voto como acto cívico fundamental. Porque una democracia donde miles deciden no participar es, inevitablemente, una democracia más débil.
En una región que históricamente ha reclamado protagonismo político y voz propia, el dato de más de 240 mil arequipeños que no acudieron a votar en las últimas elecciones no puede pasar como una cifra más. Es, en esencia, una señal preocupante de la fragilidad del civismo. Que uno de cada cinco ciudadanos habilitados haya decidido no participar en un proceso que define el rumbo del país no solo habla de ausentismo: habla de desconexión, indiferencia y, en algunos casos, renuncia a la responsabilidad ciudadana.
Es cierto que, frente a las elecciones de 2021, hay una mejora. Reducir el ausentismo de cerca del 30% al 20% implica un avance que merece ser reconocido. Pero no basta con celebrar una reducción cuando el problema de fondo persiste. Un 20% sigue siendo una proporción demasiado alta para una democracia que necesita legitimidad y participación activa. No se trata de exigir perfección, sino de entender que la ausencia de miles de ciudadanos debilita el peso de la decisión colectiva.
El fenómeno es aún más evidente en provincias como La Unión, Condesuyos y Castilla, donde la inasistencia alcanzó niveles más elevados. Allí confluyen factores estructurales como la ruralidad, las dificultades de acceso y una población con mayor presencia de adultos mayores. Sin embargo, reducir el análisis únicamente a esas condiciones sería simplista. El ausentismo también refleja una falta de cultura cívica sostenida en el tiempo, una debilidad en la formación ciudadana que no ha sido atendida ni por el Estado ni por la sociedad.
Votar no es solo un derecho, es una responsabilidad. Es el mecanismo mínimo de participación en una democracia que, con todas sus limitaciones, sigue siendo el sistema que permite elegir autoridades y exigirles cuentas. Cuando un ciudadano decide no acudir a las urnas, no solo se excluye del proceso, también deja que otros decidan por él. Esa omisión tiene consecuencias concretas en la calidad de representación y en las decisiones que afectan la vida diaria: seguridad, economía, salud y educación.
Tampoco se puede ignorar el contexto de desconfianza hacia la política. Muchos ciudadanos sienten que su voto no cambia nada o que las opciones no los representan. Pero esa percepción, aunque comprensible, no justifica la inacción. Al contrario, debería ser un incentivo para participar más y exigir mejores candidatos, no para abandonar el espacio público.
Arequipa ha demostrado en distintos momentos de su historia una fuerte conciencia ciudadana y capacidad de movilización. Por eso, resulta contradictorio que, en el acto más básico de participación democrática, una parte importante de su población se mantenga al margen.
