LA PALABRA QUE DECIDE SI USTED AVANZA O SE DETIENE
Por: Ricardo Lucano
A veces sentimos que la vida avanza más rápido que nosotros. Y muchas veces el problema no es una gran tragedia, sino algo mucho más silencioso: la manera en que nos hablamos a nosotros por dentro. Resulta que una palabra de apenas cuatro letras, el “pero”, funciona como una especie de bisagra mental que decide si uno se queda encerrado en el problema o si sale a enfrentarlo.
En psicología existe algo llamado “efecto de recencia”. Es bastante simple: nuestro cerebro suele darle más importancia a lo último que escucha dentro de una frase. Esa parte final queda resonando como una especie de instrucción para la atención y para la acción.
Fíjese en la diferencia —y no se engañe, que la billetera sigue igual de flaca en ambos casos—:
• “Tengo una idea brillante, pero no tengo dinero”.
(Instrucción final: no hay plata. Resultado: el cerebro se frena antes de empezar).
• “No tengo dinero, pero tengo una idea brillante”.
(Instrucción final: todavía existe una posibilidad. Resultado: el cerebro empieza a buscar cómo volverla realidad).
Como ve. La realidad es exactamente la misma, pero el foco cambió de dirección. En la primera frase, el “pero” funciona como un muro; en la segunda, como un puente.
El filósofo Baruch Spinoza decía que una persona no es solamente lo que le ocurre, sino también lo que es capaz de hacer con aquello que le toca vivir. Y quizá por eso mucha gente no termina derrotada por las grandes tragedias, sino por la repetición diaria de pequeñas órdenes de rendición disfrazadas de sentido común.
Decir: “Quiero avanzar, pero estoy cansado” es una forma elegante de quedarse detenido. Pero si uno cambia apenas el orden y dice: “Estoy cansado, pero voy a avanzar un poco”, el cansancio deja de tener la última palabra.
Y nosotros hacemos algo parecido todos los días. A veces reducimos nuestra vida entera a un solo problema, como si un bache en la calle significara que el camino completo desapareció.
Por eso no se trata de optimismo barato ni de fingir que los problemas no existen. Se trata de algo más honesto: aprender a domesticar el lenguaje con el que nos hablamos a nosotros mismos.
Para volver esto práctico, basta con tres cosas sencillas:
- Detecte el muro: escuche sus propios “peros”.
- Nombre la realidad sin anestesia: “Estoy cansado”, “No tengo tiempo”, “La situación está difícil”.
- Haga la inversión: ponga el problema primero y la decisión después.
“El negocio está complicado, pero hoy voy a llamar a dos clientes”. “No tengo ánimo, pero voy a empezar, aunque sea diez minutos”.
Al final, uno no termina convertido solamente en lo que siente, sino también en aquello que decide repetir todos los días. Muchas veces no somos víctimas exclusivas de las circunstancias, sino también de la narrativa interna con la que las enfrentamos.
No elimine el “pero”. Aprenda a usarlo a su favor. Ponga el problema primero y la acción después. Porque a veces la diferencia entre quedarse quieto y seguir avanzando no está en la realidad, sino en la frase con la que uno decide enfrentarla.
